Morir es Soñar

Urus

El universo es un fractal

Al observar cada una de las anteriores imágenes, se puede apreciar cómo definen una pauta según la cual se repiten sobre todo las espirales y muy especialmente va apareciendo de forma reiterada esa primera figura, llamada conjunto de Mandelbrot. Y si no nos aparece entera, como mínimo lo hacen fragmentos de esta. A dicha figura se la llama cariñosamente hombrecito-manzana y nos muestra el universo de todos los fractales en su totalidad. Más allá del hombrecito-manzana que aparece en la primera imagen no hay nada. Pero al ampliar cualquier punto de su perfil, uno encuentra un mundo de forma y colorido, un universo que uno puede ampliar hasta el infinito. El límite lo pone la capacidad de procesamiento del ordenador a la hora de calcular con exactitud las coordenadas más exactas de una única formula, la fórmula que da nacimiento al universo fractal.

El hombrecito-manzana del fractal

El hombrecito-manzana del fractal

La máxima «como es arriba, es abajo»[1]. significa que este otro Universo que habitamos nosotros parece comportarse de la misma manera. Las galaxias son universos en miniatura, los sistemas solares son galaxias en miniatura, nosotros somos sistemas solares en miniatura, nuestras células son seres humanos en miniatura, los átomos son células en miniatura. Y, según la teoría del Big Bang, el universo entero emanó de una singularidad del espacio-tiempo más diminuta que un átomo, de manera que «como es abajo, también es arriba».

De ahí que ese otro hombrecito-manzana que aparece en la octava imagen ya no sea el Universo entero de los fractales, sin embargo, está hecho a su imagen y semejanza. Ese hombrecito-manzana tal vez seamos nosotros.

El ser humano en un fractal

El ser humano en un fractal

Allí estamos, envueltos en capas de distintos colores, con espirales brotando de la capa más externa, para dar nacimiento a otras espirales. Somos una réplica del universo, somos una expresión de la consciencia universal. Como mínimo eso nos dicen las diversas tradiciones espirituales del mundo. Por ejemplo, el hinduismo llama al Universo Jagat, a su conciencia Brahman, y a esa consciencia que somos nosotros, a esa réplica de Brahman, la llaman Atman. El libro del Génesis, escrito por Moisés hace más de 2 500 años, dice que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27). La tradición Sioux llama a la divinidad Wakan Tanka, término que podríamos traducir como el ‘Gran Misterio’ o el ‘Gran Espíritu’. Para el sioux toda criatura y todo objeto es wakan, es sagrado. Es, en definitiva, una expresión de Wakan Tanka, de esa totalidad sagrada. Y cosas similares se afirman en muchas otras tradiciones.

El tiempo también es un fractal

EN ESE FRACTAL que es el universo, el espacio-tiempo vendría representado simbólicamente por todas las espirales que nos aparecen en las imágenes anteriores. Einstein dijo que el espacio-tiempo era curvo. Si lo es, es curvo como una espiral. Es el cosmos que nos envuelve, y allí estamos nosotros, en el centro, rodeados de espirales de las que nacen otras aun mayores. La imagen de abajo representaría una expresión de la conciencia universal en un rincón del espacio-tiempo, por ejemplo un ser humano, o un planeta, o una galaxia… (fíjate quién está en el centro)

Que el espacio-tiempo se manifieste como una espiral significa que los ciclos menores no son más que réplicas de los ciclos mayores y que siempre existe un punto en el que ambos se tocan, para darse la mano. Lo observamos por ejemplo en el ciclo diario y el anual. El día, con sus periodos diurno y nocturno, constituye uno de los ciclos que rigen las pautas de comportamiento en la Naturaleza. Por la mañana las flores extienden sus pétalos y los pájaros le cantan al sol que amanece, mientras que al ponerse el sol esas mismas flores se cierran y las cigarras lo despiden chirriando.

Pero lo mismo sucede con el ciclo anual. Con la primavera empieza un nuevo año; la naturaleza se viste de flor y color, mientras que muchos animales despiertan de su periodo invernal. Y en otoño serán las hojas de los árboles las que se vistan de color, de los colores de la tierra, para anunciar que muy pronto se dejarán caer para unirse a ella, mientras los pájaros emigran hacia lugares más cálidos. Llegado el invierno, los árboles se quedan totalmente desnudos, listos para irse a dormir; los animales se esconden en sus madrigueras; y los primeros copos de nieve cubren las hojas caídas. Esas mismas hojas proveerán los nutrientes con los que iniciar un nuevo ciclo, para que vuelvan a florecer los campos, y los pájaros regresen anunciando la llegada de la primavera y le canten otra vez al sol.

Ambos ciclos se tocan en los polos hasta llegar a confundirse. Allí el día dura medio año y otro medio año dura la noche. Allí el ciclo diario y el anual se dan la mano, representando el centro de la espiral, lugar en el que la espiral grande (el año) y las pequeñas que le nace a los costados (los días) se funden y confunden.

Nosotros

Y EN NOSOTROS, expresiones de la divinidad que vestimos el cuerpo del universo; hombrecitos y mujercitas manzana a medio camino entre el macrocosmos y el microcosmos, ¿cuáles son nuestros ciclos? Los seres humanos nos regimos sobretodo por dos grandes ciclos: el día con su noche, y la vida con su muerte. Constituyen dos ciclos que de nuevo expresan una misma pauta, como si cada vida fuera una espiral y cada muerte su doble espiral, para acabar renaciendo de nuevo en la siguiente vuelta de caracol, así hasta completar una caracola aun mayor: aquella de la condición humana.

Para apreciar mejor las similitudes entre ambos ciclos, debemos estudiar las fases de las que estos se componen. Las fases del ciclo diario son tres:

  • Vigilia
  • Soñar
  • Sueño profundo

La vigilia constituye aquel periodo durante el cual tanto el cuerpo físico como la mente están alerta. Al estar ambos despiertos, la mente estará conectada a los cinco órganos sensoriales del cuerpo físico (oído, tacto, vista, gusto y olfato), haciendo que nuestros sentidos estén exteriorizados, es decir, enfocados hacia el exterior. Es el periodo en el que pasamos la mayor parte del tiempo, aproximadamente dos tercios del día (16 horas).

Entonces, al caer la noche, nos vamos a dormir. Aquello que llamamos quedarse dormido significa que nuestro cuerpo físico entra en un estado de reposo. Al quedarse dormido el cuerpo, la mente se desconecta de los órganos sensoriales físicos para conectarse a los órganos sensoriales de otro cuerpo más sutil: el astral. Será entonces que nos pondremos a soñar. En dicha fase pasamos aproximadamente dos tercios del tiempo que estamos dormidos, es decir, casi seis horas.

Tal desconexión de los órganos sensoriales físicos y posterior conexión a los astrales no es repentina, sino que se da durante un estado intermedio, llamado hipnagógico. El estado logrado gracias a la desconexión consciente por parte de la mente de los órganos sensoriales corporales recibe en yoga el nombre de *pratyahara. *Tal estado ayuda a lograr una buena meditación. Sin embargo, la mayoría de nosotros no podemos alcanzarlo de una manera consciente, sino solo cuando el cuerpo cae dormido, como el fruto que no se desprende de la rama hasta que no está maduro.

De darse algún sonido de fondo, como por ejemplo una música placentera o una película aburrida, notaremos cómo a medida que cae dormido el cuerpo físico, vamos experimentando una placentera sensación de ir a la deriva. Pero si de repente el sonido se intensifica, despertando de nuevo a nuestro cuerpo, notaremos cómo pasamos del silencio profundo en el que nos encontrábamos en el estado hipnagógico a escuchar el ruido ambiental en toda su intensidad. Será entonces que pensaremos: «me estaba quedando dormido y ese ruido me despertó de nuevo».

Pero si no hay nada que despierte al cuerpo físico, una vez transitado el estado hipnagógico intermedio, nuestra mente acabará por conectarse a los órganos sensoriales del cuerpo astral. Será entonces que nos sumerjamos en el segundo estado de la consciencia: el subconsciente. En dicho estado olvidaremos que hace apenas unos segundos estábamos en el sofá de casa escuchando música o viendo el televisor y entraremos en el mundo onírico de los sueños.

En el momento que nos pongamos a soñar, el cuerpo astral se habrá desacoplado completamente del cuerpo físico con la excepción de los ojos, los cuales se moverán dentro de nuestros párpados según la dirección en la que dirijamos la vista en sueños. Es como si no hubiéramos sacado la ropa (cuerpo físico) para quedarnos en ropa interior (cuerpo astral), pero aun lleváramos gafas (ojos físicos).

Constituye la fase llamada R.E.M. palabra que viene de *Rapid Eye Movement *(‘Movimiento Rápido de los Ojos’). Dicen que los ojos son el reflejo del alma y, como el alma no está dormida, sino que ella está despierta viviendo en ese mundo de sueños, es normal que los ojos, como reflejo que son, también estén moviéndose a su compás. El alma es ese conjunto de cuerpos más sutiles que el físico, los cuales incluyen el astral y el mental, entre otros. Son cuerpos menos densos, tan poco densos que no pueden ser percibidos por los órganos sensoriales del cuerpo físico, pero no por ello dejan de poseer una cierta consistencia material. Es una materia sutil, más sutil que el aire, pero es materia a fin de cuentas.

El tercer estado es el de sueño profundo. Allí pasaremos aproximadamente las restantes dos horas que le quedan al día, pero no las pasaremos de un solo golpe sino en tres o cuatro tramos. Son ciclos que nos llevan del REM al sueño profundo, para regresar de nuevo al REM. Cada ciclo dura aproximadamente 90 minutos, y en una noche se suelen completar varios de ellos. De no alcanzarse el sueño profundo, nos despertamos por la mañana cansados y con los ojos rojos, pues aunque el cuerpo si habrá dormido, la mente se habrá pasado toda la noche en vela, soñando. Y es que la mente también necesita su periodo de reposo, o si no acabaríamos por enloquecer.

Al caer dormida la mente, se desconectará de los órganos sensoriales astrales para ya no conectarse a órgano sensorial alguno. Será entonces que entremos en el estado inconsciente del sueño profundo. Los ojos ya no se moverán; todos los músculos del cuerpo estarán completamente relajados, y el cerebro empezará a emitir frecuencias muy lentas ―llamadas delta―, las cuales oscilan entorno a los 0.5 y 2 Hz. El corazón nos latirá muy despacio, pero sin dejar nunca de latir, o ello causaría la muerte inmediata del cuerpo físico.

El Ser Humano

¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS cuando todo eso acontece? Para obtener una respuesta debemos primero responder a la pregunta ¿quién somos nosotros? No somos el cuerpo físico, pues cuando éste se fue a dormir, nosotros continuamos experimentando, aunque fuera en esa otra realidad de sueños. La vivimos en el estado subconsciente, pero la vivimos a fin de cuentas.

Pero si seguíamos siendo nosotros los que se sumergían en el estado subconsciente del sueño, y no otro, ¿qué causó que al quedarse dormido el cuerpo físico, se diera una interrupción de la consciencia? De no haberse dado tal interrupción, hubiéramos entrado en el sueño con lucidez, sin olvidar que apenas unos segundos antes nos encontrábamos en el sofá viendo el televisor. Algo tuvo pues que causar esa interrupción.

Lo que sucede es que nos hemos identificado tanto con el cuerpo físico que cuando este se va a dormir tenemos la sensación de que lo que nos pasa a continuación le está pasando a otro yo, y no a aquel que habita el cuerpo físico. Dejamos de ser el yo del estado consciente para pasar a ser una de nuestras personalidades del estado subconsciente. De ahí que perdamos la continuidad temporal, y de allí también que todos suframos de múltiple personalidad. Todos somos un poco esquizofrénicos. Es como cuando viendo una película o leyendo un libro, nos identificamos tanto con el personaje que nos olvidamos de quienes somos en realidad.

Pero si no somos el cuerpo ¿significa eso que somos la mente, esa mente que se conectó a los órganos sensoriales del cuerpo astral para vivir la realidad onírica de los sueños? Si preguntáramos a Descartes, él nos diría que sí, dada su famosa frase *«*pienso, pues existo». Como resultado de dicha concepción del mundo, en la lengua francesa que arropó a Descartes, se utiliza la misma palabra para decir mente y espíritu. La palabra es esprit.

El principio pensante fue confundido con el existencial, confusión que el pensamiento científico llevó aun más al extremo hasta equiparar el cerebro (manifestación física de la mente) a la mente, para incluso buscar en el cerebro aquella zona en la que reside la consciencia. La Ciencia estudia el cerebro humano de la misma forma que un científico de finales del siglo XIX estudiaría un ordenador. Lo abre, para analizar su chip bajo un microscopio, intentando así encontrar una explicación no solo al software (mente), sino al hecho de que ese software pueda llegar a hacer lo que hace, sin pensar que el ordenador está siendo manejado a distancia por alguien (consciencia). Ese alguien es otro ser humano, es decir, un ser divino con mente, ya que la palabra humano parece proceder de unir Hu (antiguo nombre de la divinidad) y manas (nombre sánscrito para la mente).

Por ello, tampoco somos la mente, pues como el cuerpo físico, ella también se va a dormir. El problema es que de nuevo, nos hemos identificado tanto con aquello que tampoco somos: la mente, que cuando ésta se queda dormida, el Espíritu, Consciencia o Ser ―aquello que realmente somos― cae en un estado inconscientes. Es como si estuviéramos tan conectados a una maquina de realidad virtual, y a la realidad por ella definida, que cuando nos desconectan de la máquina, caemos inconscientes. En otras palabras, aquel que observa y siente ―nuestro yo verdadero―, pierde la capacidad de contemplar y sentir, por haberse identificado excesivamente con el instrumento de percepción y análisis: la mente.

En cambio, aquellos que viven en el espíritu, ellos experimentan el sueño profundo no como un estado inconsciente de coma sino como estado supraconsciente. Desde ese estado, observan la totalidad del Cosmos, pues no hay mente que les limite ni cuerpo que les retenga. Desde ese estado supraconsciente ellos contemplan todo el hombrecito-manzana, hasta acabar fundiéndose con la totalidad observada. La contemplación de esa totalidad constituye el primer nivel de éxtasis místico, llamado savikalpa samadhi por la ciencia del yoga. La fusión con la totalidad constituye el segundo nivel, llamado nirvikalpa samadhi.

Muchas son las tradiciones que buscaron representar aquello que se contempla desde ese primer estado de éxtasis místico. Algunos ejemplos son el Sri Yantra tántrico, o la chakana andina. Desde ese estado se observan figuras geométricas diversas, llamadas yantras, emanando de un punto central. Constituyen el sonido adquiriendo forma, las semillas o arquetipos primordiales de la creación en su instante de manifestación. Mientras que el sonido escuchado constituye el tono primordial, aquel que Oriente llama OM, Occidente Amén y el Islam Amin. Es el sonido de las esferas de los antiguos griegos; la campana amarilla o Huang Chung de la antigua China; el Sawt-e-sarmad de los sufíes; el *Ek-Onkar *del Sikhismo. Es el verbo, el logos, el Shabda, el Nada Brahma, el sonido de una sola mano aplaudiendo. Son muchos los nombres con los que intentamos expresar esa palabra divina…

Sri Yantra tántrico por Manytchkine

Sri Yantra tántrico por Manytchkine

*Chakana andina*

*Chakana andina*

Da igual cómo llamemos a la experiencia, samadhi, éxtasis, comunión, gozo místico o nirvana, pues en todos los casos estamos hablando de los mismo. Es una experiencia que vivimos absolutamente todos. Lo único que nos diferencia es que la mayoría lo hacemos en un estado inconsciente y solo una minoría lo hacen desde ese estado supraconsciente del Ser.

La muerte

HABRÁN AQUELLOS que se pregunten: *«*Y todo eso, ¿qué tiene que ver con la muerte?» Tiene que ver, y mucho, pues al igual que en los fractales, la espiral grande es una réplica de las pequeñas. La única diferencia entre la muerte y el caer dormidos cada noche es que en el caso de la muerte el cuerpo físico no se despierta. El corazón deja de latir; la energía vital nos abandona, y el cordón de plata que une el alma al cuerpo se rompe. Sin embargo, caiga dormido el cuerpo físico o muera éste, la experiencia es muy similar. Caemos en un estado onírico, visitamos los reinos astrales intermedios, y olvidamos incluso que acabamos de morir. Y allí nos quedamos por un tiempo, en esos planos intermedios del mundo astral, para a su debido tiempo permanecer también un lugar llamado Cielo, Paraíso, Nirvana o Edén. Es un lugar en el no-espacio y el no-tiempo, ubicado más allá de los planos mentales. Allí nos recargamos de energía, y nos curamos los traumas, para una vez recuperados del todo, volver a nacer.

Con el nacimiento empieza otra espiral de la vida, y después otra, hasta que eventualmente ya no nazcamos en el cuerpo de un ser humano, sino que lo hagamos como un ser distinto, tal vez un ser planetario, tal vez otra cosa. De ahí, quién sabe, quizás pasemos a ser sistema solar, después galaxia, hasta volver a ser uno con todo el universo. Cuando cada uno de nosotros regrese al origen, el universo entero habrá vuelto a contraerse, hasta alcanzar el tamaño menor que un átomo, hasta volver a ser singularidad o consciencia no manifestada. Será entonces, desde ese punto en el no-espacio y ese momento en el no-tiempo, que un nuevo latido tendrá lugar y con él la manifestación de un nuevo universo, un nuevo fractal.

Tal evento tendrá lugar solo cuando todos hayamos alcanzado el estado supraconsciente, todos hayamos recorrido la última espiral y contemplemos el universo desde esa Totalidad. Mientras nuestro nivel de consciencia no haya alcanzado su plenitud, nuestros tránsitos por el Cielo, entre una vida y la siguiente, serán vividos en un estado más o menos inconsciente, de la misma forma que en vida vivíamos el gozo místico como mero sueño profundo. Pero todos pasamos por el Cielo una temporada antes de volver a nacer, absolutamente todos, y también todos estamos predestinados a alcanzar ese nivel de la consciencia en el que podamos gozar plenamente. Es así porque todos somos el absoluto contemplándose a sí mismo desde trillones de ojos.

¿Y cuál sería en la muerte el equivalente al estado hipnagógico? Algunas almas, al morir su cuerpo físico, están tan apegadas a lo material que se quedan atrapadas en el estado etéreo. Es un estado de densidad intermedia entre el físico y el astral. Allí vivirán, como fantasmas, observando con anhelo las sombras del mundo físico de la materia, pero sin poder vivir esa realidad tan deseada por carecer de la interfaz adecuada: el cuerpo físico. Al final, dichas almas acabarán también navegando por los reinos astrales, antes de ascender a ese mundo de arriba, a ese lugar ubicado en el no-espacio y en el no-tiempo, en el que podrán sanar sus traumas antes de volver a nacer de nuevo. Ellas, como cada uno de nosotros, también son ojos del Absoluto danzándole a la vida.

Por ello ¿por qué temerle a la muerte si morimos cada noche y nacemos con cada nuevo amanecer? Mucho mejor es aprender a entrar en el estado de sueño con lucidez, para que esa misma lucidez se mantenga el día en que muramos. Y aprendiendo a soñar con lucidez, lograremos algún día que el flujo de la conciencia se mantenga ininterrumpido cuando cada noche entremos en el estado del sueño profundo. Así, al morir, sabremos que nuestro cuerpo físico justo pronunció su último suspiro, para entonces ponernos a buscar la luz, dejarnos inundar por ella y vivir la experiencia celestial del gozo místico sin dejar que caiga en el olvido.

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2013, Marc Torra para mastay.info

Notas a pie:


  1. La mencionada máxima aparece en la obra El Kybalión, atribuida al escritor norteamericano William Walker Atkinson. Se la reconoce como uno de los principios herméticos.
  2.  <li id="fn:fn2">Todas las imagenes de fractales que aparecen en dicha secuencia y en el artículo fueron creadas por [Wolfgang Beyer](http://commons.wikimedia.org/wiki/User:Wolfgangbeyer) utilizando el programa Ultra Fractal 3 y se distribuyen bajo licencia Creative Commons. Se las puede encontrar en Wikimedia Commons
     <a class="footnote-return" href="#fnref:fn2">↑</a></li>