Frecuencia, intensidad y sincronía

Urus

Todo es Vibración

Muchos son los que hemos escuchado esta máxima de la filosofía hermética, pero pocos parecen haberla asimilado. La mayoría aun creemos que «todo es materia», para seguirle buscando la materialidad al Mundo. Lo hacemos incluso sin saberlo.

«Todo es vibración» significa que la Creación es puro movimiento, pero no cualquier desplazamiento, sino uno que se repite a intervalos regulares. El intervalo nos define el ciclo, y el número de ciclos por unidad de tiempo nos aporta la frecuencia. Y como somos humanos, para medir la frecuencia utilizamos el segundo, el intervalo del latido de nuestro corazón. Simboliza el pulso de nuestro cuerpo físico, de la ventana desde la que observamos el Mundo.

Original de “Northern Antiquities, an English translation of the Prose Edda” 1847\. Pintado por Oluf Olufsen Bagge. Licencia de Dominio Público.

Original de “Northern Antiquities, an English translation of the Prose Edda” 1847\. Pintado por Oluf Olufsen Bagge. Licencia de Dominio Público.

Cuando ese Mundo lo queremos referir en su totalidad, con todo su posible rango de frecuencias, lo llamamos Árbol del Mundo. Yo también lo llamo el Vector de Octavas, pues en él encontramos todas las posibles frecuencias, desde la más baja o de ciclo más largo, hasta la más alta o de ciclo más corto. La más baja se corresponde al latido del Universo, con su expansión y posterior contracción. Es lo que la Ciencia llama Big Bang y Big Crunch. La más alta, en cambio, corresponde al latido más diminuto, aquel al que vibra el movimiento que todo lo causa, por ser el primero. Para la Ciencia ese latido tan diminuto son las unidades de Planck.

Para el chamán, las frecuencias altas constituyen el mundo de arriba, la copa del árbol, y las bajas el de abajo, sus raíces. Arriba está el fruto, la expresión más sutil de nuestro Ser. Abajo están las raíces, la base que nos sostiene y nutre. De manera similar, para el sacerdote Andino, el arriba es Pachatata, el Padre Cosmos, y el abajo Pachamama, o la Madre Tierra. Salvando las diferencias, para el tántrico, el arriba es la conciencia (Shivá) y el abajo la energía (Shakti). En muchas filosofías, como el taoísmo, constituyen el Cielo y la Tierra respectivamente. Y para todos ellos, son dos complementarios (Yanantin) de cuya unión nace el mundo intermedio: el nuestro.

Shiva-Shakti, por AlicePopckorn. Licencia CreativeCommons de Atribución sin derivadas.

Shiva-Shakti, por AlicePopckorn. Licencia CreativeCommons de Atribución sin derivadas.

De ahí que en el Vector de Octavas encontremos arriba aquel ciclo que por ser tan corto, en todos los demás está comprendido. En cambio, abajo hallamos aquel otro que por ser tan largo, todos los comprende. En ambas correspondencias, observamos una definición de la Divinidad: «*aquella que en todo está y que todo lo comprende*». Por ello, si lo Divino está presente en ambos extremos, resulta obvio que también lo esté en todos sus puntos intermedios y con el mismo grado de intensidad.

Entonces, hace unos cinco mil años, iniciamos una Era que nos llevó a olvidar todo eso. Desterramos el abajo, para considerar que la Divinidad residía tan sólo arriba. Él era el Dios Padre en el Cielo. Y al creernos que Dios moraba únicamente en la copa del árbol, y no en su tronco ni en sus raíces, pasaron dos cosas. La primera, es que nos olvidamos de la Madre Tierra, aquella que sustenta el tronco y nos alimenta. La segunda, es que caímos en el materialismo, realidad que justamente intentábamos negar, pues es ley natural que cuando negamos algo, ese algo crezca hasta ahogarnos.

Esa ha sido la percepción dominante en la Era que justo cerramos. Ha sido la interpretación adoptada por muchas de sus religiones y filosofías. Los únicos que no se olvidaron fueron la gente de Tierra, las primeras naciones. Son pueblos cuya linea de conocimiento proviene de un tiempo mucho más lejano, un tiempo anterior al de la Era que justo dejamos. Por eso, ellos aun mantienen el recuerdo de las enseñanzas originales que nos piden mirar tanto hacia abajo, a la Madre que nos engendró, como arriba, al Cielo que la dejó encinta. De hecho, el chaman sabe que para ascender, uno debe adentrarse primero en las profundidades del abismo.

Y en este momento actual de transición, de una Era a la siguiente, nos aparece un híbrido de antiguas creencias al que llamamos «Filosofía de la Nueva Era». Un híbrido que a pesar de su nombre, sigue afirmando la necesidad de incrementar la frecuencia para evolucionar espiritualmente. Vemos como de nuevo se repite el mismo error, sólo que ahora nos viene disfrazado con un ropaje distinto, el de la nueva Era. Es un disfraz que utiliza el lenguaje del nuevo paradigma, el de la vibración, pero de forma incompleta.

Por ser incompleto el lenguaje, también lo son sus conclusiones. Por ejemplo, el cuerpo de una mosca vibra a una frecuencia cincuenta veces superior a la nuestra, y eso no la hace más espiritual. Otro ejemplo, sabemos que el plano astral posee una menor densidad y por ello una frecuencia superior a la del plano físico de la materia. Por ello, una entidad, una expresión de la Conciencia, que habite en dicho plano, estará dotada de un cuerpo menos denso que nuestro cuerpo físico. Sin embargo, es en determinados reinos del astral que uno encuentra el purgatorio, aquel infierno que muchas almas en pena acaban morando. De ahí se deduce que el infierno existe en un plano de la conciencia cuya frecuencia es superior a la del plano físico de la materia que habitamos.

¿Cómo es eso posible? Muy fácil. Lo que realmente describe el lugar y el tipo de almas que lo moran, no es la frecuencia de su energía, sino la luz que recibe, y que reflejan sus habitantes. El infierno es oscuro, muy oscuro, pues a él apenas le llega la luz. Pero luz y oscuridad nada tienen que ver con la frecuencia, ya que podemos encontrar una frecuencia alta pero oscurecida, en contraste a otra más baja irradiando luminosidad. De ahí que para explicar la luz y la oscuridad necesitemos introducir otro concepto vibratorio.

Muchos dicen: «¡es la intensidad!, pues un alma espiritual vibra a una mayor potencia. Uno puede percibir su vibración a gran distancia.» Si bien es cierto que existe una correlación entre el ser espiritual y la intensidad de nuestra vibración, ésta tan sólo nos indica la fuerza a la que se desplaza ese movimiento, esa vibración; es por ello una variable relacionada con la “cantidad” y no con la “calidad” vibratoria del sujeto.

A parte de frecuencia e intensidad, toda vibración posee una tercera variable y ésta si que nos indica su calidad vibratoria. Se trata de la sincronía, palabra que proviene del griego y que significa syn (a la vez) + chronos (en el tiempo). Dos vibraciones de la misma frecuencia, están en sincronía si ambas vibran al unisón, como dos relojes que dan sus tic-tacs juntos. De ahí que en un mundo en el que todo es pulsación, en el que todo es movimiento cíclico, una vibración será «espiritual» cuando su ritmo esté en sincronía o concordancia con el de la luz. Mientras que cuando lo haga de manera asincrónica, allí encontraremos a la oscuridad. De ahí que lo oscuro sea por definición algo falto de luz, pues al vibrar de forma discordante, la luz no le llega. La oscuridad no se corresponde a un estado energético habitando un rango vibratorio concreto (el de las bajas frecuencias), sino que cualquier latido, cualquier pulsación o expresión de la consciencia, a la que no le llegue la luz, se oscurece.

La Tierra nos ofrece un ejemplo. Su ciclo: el día, es mucho mayor que el nuestro: el segundo. Es, de hecho, 86.400 veces mayor, sin que eso lo haga menos espiritual. Sin embargo, tal ciclo se compone de luz (el día) y oscuridad (la noche). Aquella parte de su superficie en sincronía con la luz, vive el día; mientras que en el resto, reina la noche. Para el Andino tal relación ya no es de complementariedad (Yanantin) sino de alternancia (kuti), pues día y noche se van alternando, igual como se alternan el bien y el mal, el yin y el yang, la expansión y contracción, entre muchos otros.

Por eso, para incrementar nuestro grado de espiritualidad, uno no necesita alzar su frecuencia vibratoria, pues como expresiones de conciencia, nos manifestamos en muchos planos o niveles de frecuencia distintos y en todos ellos a la vez. Tampoco necesitamos aumentar la potencia de nuestras vibraciones. Lo único que requerimos es sincronizar todas nuestras frecuencias, desde las físicas a las causales, con la luz. Necesitamos que nuestros cuerpos físico, energético, astral, sensorial, mental, intuitivo y causal, vibren todos al compás de la luz y no de su dual: la oscuridad.

De ahí que la vibración del amor y la del odio sea la misma, sólo que la primera está sincronizada con la luz, y la otra con la oscuridad; la primera atrae y la segunda repulsa. Son cómo las dos polaridades de un imán. Nosotros somos ese imán y está en nuestras manos el decidir que aspecto queremos manifestar, sabiendo que potencialmente los poseemos ambos[1].

Notas


  1. Text footnote 1.