Complementariedad Andina versus Dualidad Occidental

Urus

Percepción Andina de la Dualidad

EL MUNDO ANDINO no cae en la dualidad de distinguir entre el bien y el mal, entre lo positivo y lo negativo, sino que habla en términos de densidad, de energía pesada (hucha) y sutil (sami). La energía más densa procede del mundo de abajo (Uku Pacha) y la sutil del de arriba (Hanan Pacha), con el mundo intermedio que habitamos como punto de intersección o cruce (tinkuy) entre ambos.

Su Universo no es dual, sino basado en la complementariedad. En él no se pretende estar haciendo el bien, a costa de negar nuestro lado oscuro, pues saben que en una dualidad, cuando negamos una de sus expresiones, acabamos dominados por aquella misma expresión que no reconocimos en nosotros. Es decir, cuando no aceptamos que el ‘mal’ también puede estar en nosotros, y se lo atribuimos al ‘otro’, creyéndonos estar haciendo solo el bien, acabamos convirtiendo ese pretendido ‘bien’ en algo maligno.

De ahí que el andino no perciba el mundo de abajo, ni los centros energéticos o chakras inferiores, ni la serpiente que los representa, como algo negativo que hay que superar, evitar o aniquilar. Para el andino, el mundo de abajo es el origen, la pakarina, el lugar del que nace la vida, el Lago Titicaca, el vientre de la Pachamama (Madre Tierra), el centro en la cruz chakana, la realidad de la que procedemos. No tendría ningún sentido verlo como algo negativo o maligno. Sería como pretender que los niños son malvados por no haber alcanzado aun la edad adulta, o que los animales son malignos por no haber adquirido la condición humana. Sería pretender todo eso, para entonces afirmar que los ancianos siempre son buenos, y los ángeles benignos.

El andino no necesita efectuar tales distinciones, permitiéndole ello evitar muchos de los dilemas que atrapan a las tres grandes religiones de libro. Constituyen paradojas, como la de hablar de un Dios único y omnipresente, quien a su vez no incluye el mal; o de un ángel caído cuyo nombre viene de luz (Lucifer), pero que simboliza las tinieblas. Ello crea un universo dual en el que Dioses visto como el bien absoluto y Satanás como el mal absoluto, sin términos intermedios, proyectando un mundo de extremos, en el que “o está con nosotros o contra nosotros”.

Nada es bueno o malo de-per-se, dado que éstos constituyen términos relativos y no absolutos. Las cosas pueden ser buenas o malas según el uso que hagamos de ellas o el ojo que las contemple. Las personas serán buenas o malas según el rostro que nos muestren, y como lo interpretemos. Pero ante todo, ni las unas ni las otras son buenas o malas. Son simplemente cosas y personas.

*DUALIDAD: ¿A quién ves, a la dama o a la anciana?*

*DUALIDAD: ¿A quién ves, a la dama o a la anciana?*

Oriente, a diferencia de Occidente, si aprendió a relativizar los conceptos del bien y del mal. Para el Samkhya, una antigua escuela filosófica de la India, la oscuridad es tamas, inercia, apatía… No es algo maligno, pero si algo poco evolucionado, algo que aun no ha sido iluminado por la luz del Espíritu. Mientras que la luz es sattwa, es armonía, belleza y equilibrio. Entre ambos, se encuentra la cualidad de rajas, del movimiento y dinamismo propios del mundo intermedio.

Inercia, actividad, equilibrio

Inercia, actividad, equilibrio

Dichas cualidades de tamas (inercia) y sattwa (equilibrio) están mucho más cerca a la hora de describir los atributos del mundo de abajo y de arriba andinos que las etiquetas típicamente occidentales del bien y del mal. Sin embargo, el andinismo va aun más allá, pues el hinduismo y budismo, todo y relativizar ambos conceptos, los aplica. Habla de los devas (deidades benéficas) y de los asuras (deidades maléficas). En cambio, ya no solo en los Andes, sino que en ninguno de los pueblos originarios de America se sintió nunca la necesidad de caer en la dualidad de lo bueno y lo malo. Ni lo hicieron en términos relativos, como Oriente, y mucho menos lo hicieron con el absolutismo típico Occidental.

Trascender la dualidad

DUALIDAD SIMBOLIZA LAS dos caras de una misma moneda. Lo que es percibido como bueno por uno, puede ser malo para el otro. Caer en la dualidad implica negar una de sus manifestaciones, para afirmar solo la otra. Lo vimos en la dualidad bueno/malo, en la que nosotros creemos ser los buenos y los otros los malos; pero también se puede apreciar en otros tipos de dualidad. Por ejemplo, aquella que nos lleva a percibir la materia como onda y a su vez como partícula. En su dualidad reduccionista, la ciencia occidental contempló a la materia sólo como partícula, hasta que recientemente empezó también a percibirla también como onda.

Otras veces, caer en la dualidad implica que en vez de negar una de sus expresiones, la contemplamos de forma separada, sin llegar a reconocer que son dos expresiones de los mismo. Ello sucede, por ejemplo, en la dualidad espacio/tiempo. La ciencia occidental los vio separados, hasta que hace apenas un siglo los unió en el concepto de espacio-tiempo. Sin embargo, el mundo andino siempre supo que eran lo mismo, y de ahí la palabra pacha (mundo, tiempo, era). Oriente también lo sabe, y los llama akasha.

Con la dualidad espacio/tiempo a Occidente le sucedió aquello que siempre nos sucede cuando no reconocemos una dualidad, y negamos una de sus expresiones o las contemplamos por separado. En el caso de la dualidad espacio/tiempo, el mundo occidental pretendió poseer una de sus expresiones, el espacio, y acabó poseído por su dual, el tiempo. Pretendimos poseer la tierra (espacio), y sin embargo ahora nos gobierna el reloj (tiempo). No debe pues extrañarnos que hablemos de los ‘bienes’, no solo para referirnos a algo que percibimos intrínsecamente como bueno, sino también para referirnos a bienes materiales, a esas partículas a las que les hemos negado su expresión como onda. Incluso utilizamos la palabra ‘bien’ para referirnos al espacio que creímos poseer, por ejemplo en la palabra “bienes raíces”.

Así fue cómo Occidente construyó un mundo de átomos (partículas), que creyó que podía poseer (espacio), y que vio como el único verídico. Ese mundo lo opuso a la cosmovisión del ‘otro’, especialmente a la visión indígena, que es paritaria. Lo opuso para negarle al ‘otro’ su mundo y así forzarlo a que se convirtiera a su fe. Pero ese mundo de bienes materiales que pueden ser poseídos ahora se desmorona, pues por definición la dualidad no dispone de un punto de equilibrio.

Cuando se cae en la dualidad, afirmando una de sus expresiones y negando la otra, o desvinculando una de la otra, resulta imposible alcanzar el equilibrio. Una moneda no está en equilibrio por mucho que haya caído de canto. Una moneda o nos muestra una cara o la contraria, pero nunca ambas a la vez. De ahí que la dualidad no se rija por la necesidad de equilibrarla, sino de tarscenderla. Reconocerla primero, para trascenderla después. Reconocerla implica ser capaces de distinguir sus dos expresiones, para entonces abrazarlas e integrarlas a ambas. Ver cómo ambas están íntimamente relacionadas, y cómo una nos lleva inexorablemente a la otra. Trascenderla requiere ir aún más allá, para ya no dejarse nunca más engañar por el espejismo que ésta nos proyecta.

Equilibrar la complementariedad

A DIFERENCIA DE la dualidad, la complementariedad si posee un punto de equilibrio. En ella dos expresiones complementarias se unen para dar nacimiento a algo nuevo. Por ejemplo, la complementariedad hombre―mujer, que busca en la pareja ese equilibrio y tiene en los hijos el fruto.

El andino, al concebir un universo de complementariedades y no dual, le supo encontrar ese punto de equilibrio, así cómo también le supo obtener su fruto. Lo mismo sucedió en el Antiguo Egipto. Ellos vieron en Isis y Osiris a la divinidad y en Horus el fruto, el resultado de la unión armoniosa. O el tantrismo, quien nos habla de Shiva y Shakti. O Jesús, quien en los evangelios gnosticos encontrados en Nag Hammadi nos habla del Padre y de la Madre.

«Ella se convirtió en el vientre de Todo porque Ella lo antecede todo, es la Madre-Padre, el primer ser humano, el Espíritu santo.» (dicho por Jesús, según el Evangelio Apócrifo de Juan encontrado en Nag Hammadi en el año 1945)

La complementariedad no solo permite el equilibrio, sino que éste lo podemos expresar visualmente de una manera muy sencilla. Mantendremos el equilibrio de esa complementariedad mientras seamos capaces de movernos en diagonal, siguiendo el camino de los justos, la linea de la verdad, el canal central o Qhapaq Ñan del que nos hablan autores como Javier Lajo y María Scholten. Y lo romperemos cuando nos movamos en sentido horizontal o vertical, dando más importancia a una de sus expresiones, para olvidarnos de la otra. Por ello, tal cómo la Sra Scholten ya nos hizo ver en su momento, la palabra diagonal en quechua se dice Ch’ekkaluwa, en donde Ch’ekka significa verdad. La diagonal es pues la linea de la verdad que nace del equilibrio entre esa paridad.

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Pachacutis

EL ANDINO SABE que cuando se rompe tal equilibrio, acontece un pachacuti, un girarse el mundo del revés, para colocar encima aquella expresión que había quedado justamente relegada a un segundo plano. También sabe que el equilibrio se rompe cuando transgredimos ayni, la ley de la reciprocidad, la cual nos pide dar sin esperar recibir nada a cambio. Se rompe cuando en vez de dar, quitamos. Y cuando a la que le usurpamos es a la Madre Tierra, por habernos olvidado de ella, ella acabará también por quitarnos, haciéndonos volver a un estado en el que nada tengamos y dependamos de su generosidad para garantizar nuestra mera subsistencia.

Para el andino el Uni Pachacuti (Diluvio Universal) fue el resultado de esa transgresión, de esa ruptura del equilibrio. El regreso al estado de supervivencia que trajo consigo no es interpretado por el andino como un castigo por nuestros pecados, sino como consecuencia natural de haber roto el único precepto que el Dios Wiracocha nos dio: ayni, el cumplimiento la ley de la reciprocidad. Es el resultado de una ley natural y no de un castigo, una ley como la de la gravedad que acaba por hacer descender la piedra que fue lanzada al aire.

Consecuentemente, el equilibrio nunca podrá restablecerse si lo buscamos desde la dualidad del bien y el mal. Para recuperarlo deberemos aproximarnos a él desde la complementariedad del arriba y el abajo, del Cielo y la Tierra, de lo sutil y lo denso, de lo masculino y lo femenino, o de lo vertical y lo horizontal.

Ayni

EN LA CIENCIA del yoga, karma yoga simboliza el sendero de la acción. Oriente, al reconocer que la acción intrínsecamente positiva o negativa no existía, encontró una manera de evitar los efectos negativos (karma duro) que nuestras acciones pudieran acabar acarreando. La solución consistía en no apegarse a los frutos de tales acciones. Si en vez de apegarnos a los frutos, los dábamos como ofrenda a la Divinidad, entonces aquellas repercusiones negativas que nuestros actos pudieran causar no nos afectaría, pues esa acción no la llevamos a cabo para ayudarnos a nosotros sino para ayudar al otro.

El andino llama ayni a ese acto de generosidad sin apego a los frutos, y sabe que por la ley de la reciprocidad, lo que sembremos nos será devuelto. Tal fue el conocimiento de esa ley, que sus gentes se rigieron por ayni para regular sus transacciones. Ellos no necesitaron el dinero, ni el trueque, el cual es tan solo el paso previo al dinero, sino que uno daba sin esperar nada a cambio, y a partir de dicho principio rigieron sus intercambios y alcanzaron el equilibrio, el buen vivir o Sumaq Kawsay.

La evolución en el andinismo

LA COSMOVISIÓN ANDINA considera que el ser humano evoluciona y de ahí que defina siete grados de sacerdocio. Con ellos nos está definiendo siete niveles distintos de la conciencia humana. Pero en su mundo, aquello que rige el nivel evolutivo alcanzado por una persona es su capacidad de generar ayni, de dar sin esperar nada a cambio, de ser un verdadero karma yogui o yoguini.

Ellos consideran que la actual humanidad vive en el tercer nivel de la consciencia y que muy pronto vamos a poder alcanzar el cuarto y quinto, para seguir progresando hasta lograr el séptimo. Una vez alcanzado dicho máximo nivel aquí en la Tierra, el fruto estará maduro. Con el séptimo nivel, el mundo intermedio se habrá manifestado en su plena potencialidad, la flor habrá dado su fruto, el día se habrá iluminado, para, tal como rige la ley de los ciclos, marchitarse el fruto y caer la noche.

Notas a Pie:


  1. Imagen hecha por el autor inspirada en la obra de Javier Lajo: “Qhapaq Ñan, el camino inca de la sabiduría”.