El Guerrero Tolteca

Guillermo Marín Ruiz

El ser Tolteca

¿Acaso de verdad se vive en la Tierra? No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea jade, se quiebra; Aunque sea oro, se rompe; Aunque sea plumaje de quetzal, se desgarra. No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí. (Ms. Cantares mexicanos.)

En dicha civilización la experiencia de los hombres era verdaderamente espiritual y en la Tierra sólo se estaba trabajando el plano humano. Para aquellos hombres todo era pasajero e intrascendental frente a la prioridad de “aprender” para decantar el espíritu y liberar la partícula divina que habita en todos.

En su aspecto más humanizado y conceptual, Dios era considerado una divinidad dual, mitad femenino y mitad masculino. En la religión cristiana equivaldría a Jesucristo, hijo de Dios en la Tierra. También se lo entendía como el conjunto de pares opuestos complementarios con los que se construye “el mundo en el que vivimos”. Los antiguos se refirieron a este par como el “Dios del Agua” y el “Dios del viento”. El primero comprende todo lo que nos rodea, que por su naturaleza está compuesto de átomos y es energía “condensada o materializada”. El segundo abarca la “otra energía” de la que se compone el mundo, el “soplo divino” que le otorga consciencia a la materia. Al dios del agua, los nahuas le llamaron Tláloc y al del viento, Quetzalcóatl. Los mayas nombraron a dicho par: Chac y Cuculcán, respectivamente. De similar manera, cada cultura concibió el mismo par, simbolizado bajo nombres diferentes, ya que nuestros Viejos Abuelos constituyeron una sola civilización, independientemente de la diversidad de culturas en las que se haya expresado tal sabiduría.

El Guerrero de la Muerte Florecida

Durante el esplendor del México Antiguo (200 a.C. 850 d.C.), los jóvenes que concluían sus estudios en el telpochcalli y deseaban adquirir maestría en el conocimiento tolteca, ingresaban a los centros de altos estudios llamados calmécac.

A los jóvenes, hombres y mujeres, aspirantes se les llamaba guerreros, porque se preparaban para iniciar la lucha más difícil que un ser humano pueda librar: la batalla interior para controlar el ego y así, muriendo al mundo material, hacer florecer el espíritu.

La feroz lucha que se libraba en el interior del guerrero se dirigía contra sus propios impulsos individualistas y físicos, a fin de vencer la inercia de la materia que constituye el cuerpo. La lucha se desarrollaba, pues, en contra de los vicios y debilidades que arrastran al individuo por la vorágine del mundo material y sus tentaciones, haciéndolo caer en la vacuidad. Se trataba sin duda de un desafío colosal que en sí mismo fortalecía el espíritu y decantaba la materia.

Aquí en la tierra es la región del momento fugaz. ¿También es así en el lugar donde de algún modo se vive? ¿Allá se alegra uno? ¿Hay allá amistad? ¿O sólo aquí en la tierra hemos venido a conocer nuestros rostros? (Ms. Cantares mexicanos.)

En un mundo en el que lo material es fugaz y efímero y la realidad ulterior pertenece a la esfera del Espíritu, el ser humano consciente enfrenta la vida como una batalla, a fin de trascender hacia el plano espiritual de la inmortalidad del alma.

La determinación férrea y la fuerza de voluntad del guerrero derivaban precisamente de la comprensión de su verdadera naturaleza, su misión en la tierra y las ilimitadas posibilidades de su espíritu o consciencia superior. De ahí que su empeño se conociera como un “proyecto abstracto de vida”.

El ‘guerrero’ concibe la vida como una oportunidad -limitada en tiempo y espacio- para decantar su energía y expandir su consciencia. Sabe que el cuerpo físico es sólo un medio para alcanzar el fin ulterior, trascender su Espíritu. Entiende que el mundo material es virtual y que, siendo criatura divina, posee inconmensurables capacidades que la mayoría desconoce.

En efecto, los instintos elementales y el arrastre de las fuerzas somáticas que compartimos con los animales y nos anclan al mundo material. Sin embargo, el desperdicio de nuestras potencialidades superiores no puede continuar con impunidad. Vivir para saciar dichos impulsos es como tratar de calmar la sed bebiendo agua salada; en cuanto más agua tomamos, más aumenta la sed. El placer, el poder y la riqueza son las vertientes por donde nos succiona la vorágine de lo material.

Las armas del ‘guerrero’

Chimalli Azteca. Códice Mendoza

Chimalli Azteca. Códice Mendoza

Los antiguos mexicanos tenían por costumbre realzar sus conocimientos mediante el lenguaje poético. La metáfora fue el lenguaje óptimo del que dispusieron para transmitir los inextricables conceptos que hacen a lo divino -en sí inefable-.

Las armas del ‘guerrero’ fueron simbólicamente “flor y canto”, entendiendo por “flor”, la belleza, y por “canto”, la sabiduría. De esta suerte los filósofos, además de ser pensadores eran poetas. Para comprender el pensamiento filosófico de los toltecas es preciso compenetrarse de su lenguaje metafórico:

Brotan cual esmeraldas, tus flores, oh dador de la vida. Tus cantos reúno Como esmeraldas los ensarto: Hago con ellos un collar: El oro de las cuentas está duro: Adórnate con ellos. ¡Es en la tierra tu riqueza única! (Colecc. de Huexotzingo.)

La belleza es en los toltecas consubstancial a la sabiduría. Para que algo entrañe sabiduría debe contener belleza; tal es el modo de expresión del Espíritu. Por eso el arte es el lenguaje por excelencia del Espíritu, el nexo entre lo divino y lo terreno, entre el cielo y la tierra, lo abstracto y lo concreto, el Espíritu y la materia. La belleza es el jardín donde brotan las flores del Espíritu; los cantos de sabiduría más profundos y sensibles, apacibles y luminosos. “Flor y canto” son, pues, las misteriosas armas del “guerrero de la muerte florecida”.

La fuerza del ‘guerrero’ se basa en tres grandes virtudes: la sensibilidad, la responsabilidad y la disciplina.

La sensibilidad es característica de todos los seres vivos. Desde el planeta mismo hasta la bacteria son sensibles al medio que los rodea. Pero la sensibilidad humana se distingue por la consciencia. Todos los humanos poseen potencialmente la misma sensibilidad; pero en la consciencia radica que unos la desarrollen más que otros.

La responsabilidad es una actitud que nace de lo más profundo de la consciencia. Para atisbar a explicar lo inefable podemos decir que la consciencia existe en dos niveles: la que asoma a través del “pequeño yo” que transita y reacciona -nerviosa, amarga, ignorantemente- en el mundo de la cotidianidad; y la consciencia elevada o ser interior, cuya realidad, ilimitada e inmortal, se une a la Consciencia Suprema del universo. Para continuar intentando describir lo indescifrable, diremos que ésta se caracteriza por ser beatitud perenne, contemplación, gobierno y control en la inacción o, dicho de otra manera, en el sutil impulso abarcativo.

La consciencia es la aliada sine qua non del ‘guerrero’. Tomando morada temporal en el cuerpo, ella está destinada a caminar hacia la luz original y fundirse con la Consciencia Suprema del universo. Con todo, uno de los mayores desafíos del ‘guerrero’ es entablar el diálogo entre su “pequeño yo” y su consciencia elevada -las dos vertientes polares del ser- para recibir la luz de esta última en las decisiones más importantes de la vida.

En el principio la Consciencia Suprema del universo se fragmentó para tomar morada en cada individuo y así llevar a cabo el ‘juego’ del aprendizaje y la trascendencia. A raíz de ello cada consciencia individual está destinada a fundirse nuevamente en ella. Mientras la consciencia del “pequeño yo” y la consciencia elevada no se fundan en una, el hombre transitará por la vida dividido, viviendo la dualidad del juego cósmico y la transitoria contradicción entre sus impulsos individuales y sus aspiraciones más elevadas.

La diferencia entre un ‘guerrero’ y un hombre común, es que el primero se afana en expandir su consciencia, mientras que el segundo se afana en satisfacer los deseos del “pequeño yo”. Cada uno se identifica con una de las dos vertientes del ser. Con todo, ambas se requieren para crecer: la salud física y el equilibrio mental depende de las decisiones del pequeño, pero sano, ‘yo’. El desarrollo del amor desinteresado y la persecución de los más altos ideales son inspirados por la consciencia elevada.

La consciencia del hombre comprende el cúmulo de conocimientos y sabiduría de la humanidad. El problema es que las personas no se detienen a consultar jamás con su interior; y acaban por no percibir más el llamado de la consciencia ni su existencia siquiera. Sin embargo, la consciencia es la aliada que indefectiblemente indica qué se debe y qué no se debe hacer. Si bien la consciencia existe eterna e independientemente del cuerpo físico, da lugar al juego cósmico del aprendizaje y la trascendencia al encarnarse en cada cuerpo individual. Por otro lado, el hombre que orienta directa o indirectamente todo su esfuerzo a la satisfacción de su ego mental y físico, desaprovecha lisamente el parámetro que lo distingue del animal: la consciencia. Así pues, tanto el pequeño yo individual como la consciencia potencialmente abarcativa integran el juego dual de la persona, sin el cual el proyecto ‘hombre’ no existiría.

La disciplina es el tercer elemento en el arsenal del ‘guerrero’. No la disciplina militar que obedece a otro ciegamente, sino la que es el resultado de una comprometida decisión íntima y privada. La que implica un logro personal, pues una cosa es saber lo que se tiene que hacer y otra diferente es adquirir la fuerza de voluntad para lograrlo. La disciplina es una actitud. Hay quienes prefieren que alguien los azuce con un látigo y tome responsabilidad de sus decisiones. Los hay también que no admiten que otro se responsabilice por lo que deben hacer. De ésta clase de personas están hechos los ‘guerreros’.

Si bien la disciplina es una actitud y una decisión personal, necesita ser cultivada para su fortalecimiento y consolidación. La disciplina responde a una intención premeditada, consciente e incesante, que gradualmente va generando una poderosa fuerza interior a la que llamamos ‘voluntad’. El ‘guerrero’ desarrolla una voluntad inflexible por transformarse a sí mismo. De esta suerte, comienza a notar cambios sensibles en su interior y en el mundo que lo rodea. Sin esa fuerza, los seres humanos no somos más que polvo en el vendaval del mundo circundante.

Uno de los grandes logros de nuestra ancestral cultura fue la humildad. Los toltecas, en su impresionante desarrollo espiritual, llegaron al punto más alto de la expansión de la consciencia: la humildad. La humildad deriva de la sabiduría. En su entendimiento profundo de la existencia y el sentido de la vida individual, el sujeto se torna humilde; por el contrario, cuanta mayor es su ignorancia y desconocimiento profundo de las cosas, más prepotente y arrogante se muestra. La humildad es el resultado tanto de un trabajo interior de autocontrol como de la expansión de la consciencia, por ende, del entendimiento.

Los pueblos indígenas y campesinos, herederos directos de la sabiduría del México Antiguo, se caracterizaron por mantener como premisa de vida una discreta humildad. Sin embargo, en los quinientos años de colonización salvaje, los encomenderos y explotadores la convirtieron en servilismo. A su vez, los indígenas, a manera de defensa y resistencia cultural, se volvieron ‘ladinos’.

El ‘guerrero’ es invulnerable porque no tiene nada que defender. La arrogancia, la prepotencia, la importancia personal implican la defensa de algo que se cree o se supone y se desea imponer a los demás. La humildad no sólo purifica el alma, sino el entorno en el que se mueve el individuo. El ‘guerrero’ no necesita aparentar, defender, o fortalecer nada sobre su persona. Pasa inadvertido en medio de la multitud. Sabe que lo que busca se encuentra en su interior y que del afuera requiere menos que los demás.

Por lo anterior, el ‘guerrero’ no se desgasta en pequeñeces con sus semejantes, luchando por acrecentar o engrandecer su estatura. Sabe que la vida es corta y la energía limitada, y que la muerte lo puede sorprender con el golpe seco y demoledor de su guadaña.

Otra de las armas del ‘guerrero’ es permanecer en su centro. Todas las cosas, tangibles y sutiles, en el universo poseen una vibración y un campo magnético. Tanto el planeta como la montaña o la bacteria están caracterizados por determinada vibración. Esta es más intensa y definida en el centro del cuerpo, y más amplia y difusa en la periferia, lejos del centro.

El centro de un ser humano es su consciencia, y mientras más viva de acuerdo a ella, más se dice que está “en su centro”. La persona que no vive a tono con su consciencia, está, por lo tanto, “descentrada”. El ser que transita en su centro emite una vibración serena y reposada al exterior, si bien la chispa de su consciencia está intensamente encendida. El individuo descentrado, por el contrario, emite una vibración alteradora hacia el exterior, mientras que su interior permanece fuera de foco, disperso. Huelga decir que el ‘guerrero’ orbita en torno a su centro, por lo tanto, no se conduce en estallidos de euforia, depresión o ira. Su estilo se caracteriza por la fluidez, la sencillez, la amabilidad.

El ‘guerrero’ no pugna por ser alguien, por el contrario, su andar se diluye en el crisol de seres humanos, en la comprensión de que el mundo material es mera apariencia y transitoriedad. En cambio lucha “como un jaguar, como una águila” para conquistar la virtud interior y defender las causas más nobles y justas de la vida.

El conocimiento del espíritu difícilmente se expresa con palabras porque es una actitud, un estado de ánimo, una intención elevada -sostenida e inflexible-, una forma de vivir y enfrentar el mundo; es encima de todo una forma de morir. Por ello, el ‘guerrero’ transita inadvertido por el mundo respetando sus reglas sin permitir que éste, con sus embrollos y veleidades, transite en él; mantiene firme la mira en su “batalla florida” en el afán de “hacer florecer su corazón”.

Consecuencia directa de lo anterior es que otra de las características del ‘guerrero’ sea su silencio. La gente común ocupa gran parte de su tiempo hablando de los demás y discutiendo ñoñerías, porque el parloteo y el chisme le permiten olvidar su vacío. Sus pensamientos irresponsables y envenenados se convierten así en saetas. Entretanto el ‘guerrero’ contempla el devenir exterior en silencio, llegando a la profundidad de las cosas y en contacto con su ser interior, al que ha convertido en su aliado. Al ‘guerrero’ se lo distingue por su actitud discreta, silenciosa, humilde. En la presunción de serlo, caen el impostor y el embustero.

Poderosa arma del ‘guerrero’ es conocer la dificultad para salir victorioso en su “batalla florida”. Lo que lo torna ‘guerrero’, no es su perfección sino justamente sus imperfecciones que, a manera de prístinos maestros, lo obligan a seguir luchando por limar sus aristas falibles, que generan su dolor y desgaste energético. El cambio es filosamente difícil y ocurre generalmente a resultas de un gran dolor, que al conmocionar, suscita una reestructuración. Por ello si fracasa, el ‘guerrero’ no se desmorona ni mucho menos abandona la lucha. La paciencia es principio ineludible en su empresa; sin temor al fracaso, intenta la superación cuantas veces sea necesario.

Otra de las armas poderosa del ‘guerrero’ es el desapego. El apego a las personas, las ideas, los recuerdos, las cosas torna sumamente vulnerable y débil a los seres humanos, pues coarta sus decisiones y limita su campo de acción. El deseo de poseer, que en alguna medida es natural, ha sido exacerbado y apuntalado por los mercaderes en grado superlativo, logrando que las personas pretendan llenar su vacío existencial comprando y adquiriendo. El ‘guerrero’, en cambio, se ejercita en la capacidad de desprenderse de cuanto posee, lo que lo convierte de lleno en un ser libre, invulnerable, poderoso. Como no anhela nada, puede prescindir de todo. Así, su modo no es voraz ni abusivo sino liviano y juguetón. Como no se empantana en las redes del placer, a todos ama y prodiga atenciones por igual. No tiene nada, pero nada le hace falta. Aprovecha el mundo sin maltratarlo ni deformarlo, le da lo mejor de su ser, y continúa su camino.

Por último, perder el terror a la muerte es el mayor logro del ‘guerrero’. Desde el origen de los tiempos, los antiguos mexicanos han mantenido una relación muy estrecha con la muerte. No se podría adquirir cabal consciencia de la vida sin abarcar la muerte. En suma, sólo ponderando la muerte en todo su esplendor y misterio, podría adquirirse la justa medida de la vida. La muerte física no es sino el inicio de la experiencia incorpórea en el plano astral. Todos los seres vivos tienen que morir. En verdad, no hay nada más aterrador y doloroso que no haber vivido la vida con intensidad y plena consciencia de la oportunidad que ella representó.

El ‘guerrero’ sabe que lucha incansablemente por liberar al Ser de la inercia de la materia, las “entidades de la noche” que amenazan con apagar la luz del espíritu. Sabe que en cualquier momento puede partir sin que la muerte se anuncie, y aguarda bien dispuesto el grandioso momento. Más, en la esperanza de conocer la plenitud de su espíritu, lucha todos los días para lograrlo. La “batalla florida” torna su vida grande, generosa y trascendente.

Quetzalcóatl -serpiente emplumada- es el símbolo de la materia a la vez que del espíritu. La serpiente repta en la tierra, polvo del mundo, interactuando con él, aprendiendo de él. El quetzal despliega sus alas para surcar el cielo en busca de su origen. El ‘guerrero’ asume el mismo camino que la “serpiente emplumada” y encuentra la trascendencia en la “batalla florida”. El resultado final no lo inquieta; ya lo vive con el hecho de ser ‘guerrero’. Camina sin miedo y sin ambición, con rumbo al horizonte de la “muerte florecida”, en cumplimiento de su destino. Es difícil encontrar una mejor forma de vivir.