Contraste de Valores

Urus

La dualidad entre virtud y defecto

LOS VALORES AGRUPAN aquel conjunto de virtudes que una sociedad considera por encima de las demás. Constituyen cualidades que esa sociedad buscará difundir, en el mejor de los casos, o imponer en el peor.

Cada cultura o comunidad incentiva su propio conjunto de valores, los cuales no tienen porque coincidir con los de otras culturas. De hecho, en muchos casos los valores serán distintos, permitiendo que de ese contraste surja la diversidad y de la tensión creada, el equilibrio de fuerzas. Sin embargo, la sociedad moderna actual se halla en desequilibrio, pues unos pocos valores predominan sobre el resto. Son valores a los que se les han negado sus complementarios, impidiendo que puedan ser convenientemente armonizados, lo cual hace del valor un defecto más que una virtud.

Virtud y defecto constituyen conceptos duales. Ello significa que constituyen las dos caras de una misma moneda―lo que para unos es virtud, para otros es defecto, o lo que constituye virtud en una situación concreta, puede ser un defecto en un contexto distinto. Por ejemplo, el ser sosegado es una virtud, pero esa serenidad interior tal vez se esté logrando a cambio de ser extremadamente frío y cerebral. El ser empático también es una virtud, pero esa misma empatía tal vez se esté alcanzando a cambio de ser sensiblero y emocional. Por ello, sosegado y frío constituyen conceptos duales, así como también lo son empático y sensiblero.

¿Como lograr expresar la virtud y no su dual―el defecto? En una dualidad si negamos su aspecto negativo, éste acabará por crecer hasta poseernos. Una forma de negarlo es creerse que solo poseemos el aspecto positivo. En el caso que nos ocupa ello implica creerse que poseemos la virtud, pero no su manifestación como defecto. Tal pretensión nos llevará a ser poseídos por su dual, tal como se explica en el artículo Poseídos por el Tiempo para la dualidad espacio/tiempo. De ahí que en vez de negar el defecto, lo que debamos hacer es armonizarlo con la virtud. Solo así evitaremos que ese defecto pueda crecer a la sombra de nuestra consciencia hasta acabar por dominarnos.

¿Pero cómo podemos armonizarlo? El primer paso es reconocer que en una dualidad lo uno no puede ser separado de lo otro. Las dualidades se comportan como imanes*―*por mucho que un imán se parta en dos, cada una de sus partes seguirá expresando un polo positivo y otro negativo, sin que podamos pretender quedarnos solo con su polo positivo. Ello lo expresa de una forma extremadamente lúcida el escritor de origen cheyenne Hyemeyohsts Storm cuando escribe:

A esta gente (los europeos) les han contado los sotanas negras (el clero) que el bien y el mal existen como conceptos separados. Al hablar con ellos sobre dicha filosofía pudimos descubrir su confusión. Han desmembrado ambos conceptos. Pero éstos no están separados. Son como las dos ramas principales de un mismo árbol que se bifurcan y si una mitad intenta desprenderse de la otra, el árbol acabará tullido o morirá. Nos hemos dado cuenta de cómo esta gente intenta partir el árbol con su ley, pero las leyes no pueden dividir en dos ese árbol. En vez de tomar dicho sendero tan doloroso y poco productivo, debemos armonizar la paradoja de nuestra naturaleza dual con la unidad que nos define el Universo (Hyemeyohsts Storm 1975, Seven Arrows, Ballantine Books, New York: EEUU. pg 125)

Lo que si podemos hacer con una dualidad es armonizarla, para lograr que siempre exprese su rostro amable. Es como la Luna, que siempre nos muestra la misma cara, sin que ello signifique que su cara oculta haya desaparecido.

Por Dylan Odonnell. Imagen de Dominio Público.

Por Dylan Odonnell. Imagen de Dominio Público.

Siempre nos muestra la misma cara debido a un fenómeno llamado acoplamiento de marea. Tal acoplamiento se da cuando un cuerpo celeste pierde su rotación propia, debido a la fricción ejercida por otro cuerpo celeste. Al perderla, aquella cara en la que se concentre la mayor masa acabará siendo la que siempre apunte al cuerpo celeste que le hizo perder su movimiento propio. Es como atar un peso a una rueda para entonces hacerla girar. Al principio girará, pero una vez pierda su inercia inicial, la atracción terrestre hará que esa parte de la rueda a la que se le añadió peso extra acabe siempre por apuntar hacia abajo.

Lo mismo podemos hacer con las dualidades, armonizarlas de tal forma que siempre muestren su cara amable. Para ello necesitamos encontrar los complementarios de esa dualidad y unir aquella expresión en la que nos queramos anclar con su complementario. Es como la Luna, que tiene en la Tierra a su complementario, y se acopla a ella una vez perdida su inercia inicial. Pues de la misma forma, debemos lograr que la dualidad entre nuestras virtudes y defectos acaben por perder su inercia inicial, para entonces acoplar las virtudes con sus complementarios.

¿Cómo encontrar el complementario? Para ello existe una fórmula muy concreta que nos dice:

El complementario es el opuesto del dual

En el caso de las virtudes, la fórmula nos está indicando cómo la virtud complementaria es el opuesto del defecto asociado a esa virtud. Por ejemplo, si el ser sosegado tiene su expresión dual en la frialdad, el opuesto de esa frialdad, es decir, el ser cálido, sensible y empático, será su complementario.

Atributos de Agua

Atributos de Agua

Si la cautela tiene en el temor a su dual, el opuesto del temor, es decir, el coraje, será el complementario de la cautela y la imprudencia el opuesto de la cautela.

Atributos de Tierra

Atributos de Tierra

Si el optimismo tiene al pesimismo como opuesto, y el pesimismo al realismo como dual, el ser realista constituye pues el complementario del ser optimista.

Atributos de Aire

Atributos de Aire

¿Por qué el opuesto de un defecto nos permite evitar ese defecto? Nos permite evitarlo pues el opuesto, por definición, es la negación de algo y así como se puede expresar algo y a la vez su dual, o se puede unir algo a su complementario, los opuestos no pueden expresar simultáneamente. Se pueden alternar, pero nunca expresarse a la vez. Por ejemplo, se puede ser frío y sosegado (duales), pero no podemos ser fríos y empáticos a la vez, ni podemos ser sosegados y sensibleros a la vez. Podemos alternar esas virtudes y defectos, según la situación, pero no expresar ambos simultáneamente. De ahí que si logramos unir una virtud con su complementario, ese complementario, por ser el opuesto del dual, nos permite anclarnos en la virtud y así evitar el defecto. Como la Luna, que nos muestra siempre una misma cara, habremos logrado armonizar la dualidad para saltar al siguiente estadio evolutivo. En el lenguaje del Arte de Encontrarse lo llamo trascender el quinto nivel, el de la mente intermedia, para acceder al sexto, el de la mente superior. Implica trascender la condición humana para acceder a la angelical.

En el ejemplo visto, ello implica que una vez armonizada la dualidad entre el ser empático (virtud) y sensiblero (defecto), gracias al anclaje de esa empatía con el ser sosegado (virtud complementaria), lograremos expresar una empatía sosegada, también llamada compasión. La compasión es pues una expresión elevada de la empatía, una empatía sin sensiblería.

Mientras que al trascender la dualidad entre el sosiego (virtud) y la frialdad (defecto), gracias al anclaje del sosiego con la empatía, expresamos un sosiego empático, también llamado ecuanimidad. La ecuanimidad es pues la expresión elevada del sosiego, un sosiego sin frialdad.

Ello nos permite integrar dos virtudes de ese sexto estadio, al que llamo angelical. Nos permite ser compasivos y ecuánimes, dos virtudes complementarias que junto con la benevolencia y la simpática alegría, son consideradas por la religión budista como las más nobles virtudes del ser humano. En el Arte de Encontrarse esas son las virtudes vinculadas al elemento Agua, una vez logramos armonizar dicho elemento, pero hay otros tres elementos a armonizar (Tierra, Fuego y Aire), más un quinto elemento, una quintaesencia, que logramos armonizar una vez equilibrados los cuatro anteriores. Pero ese análisis no forma parte del presente artículo, y si quieres saber más te invito a leer sobre dicho arte.

Si he realizado dicha pequeña introducción es para que se comprenda mejor cómo la sociedad moderna actual, al estar basada en tres valores, y no enfatizar sus complementarios, nos está impidiendo armonizar esos valores. Tal anclaje se da al nivel mismo del idioma, de aquellas lenguas europeas como el inglés, francés, español y portugués, que se han extendido fuera de sus fronteras originales, pero cuyo vocabulario nos limita. Veamos pues cada uno de esos tres valores, junto con la forma como el lenguaje nos incentiva a anclarnos en una expresión de la complementariedad, a expensas de la otra. Considero que los tres valores primordiales de la sociedad moderna actual son: la competencia, la formalidad y la racionalidad, y así es como el lenguaje nos lleva a percibirlos como la única opción posible.

La competencia

LA MENTALIDAD OCCIDENTAL ha acabado equiparando la capacidad de competir con la destreza a la hora de llevar a cabo una tarea. De ahí que en muchos idiomas europeos se utilice la misma palabra o raíz para referirse a ambos. Por ejemplo, en castellano la competencia denota tanto “*oposición o rivalidad entre dos o más que aspiran a obtener la misma cosa*” como “*pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado*”[1]. En inglés e italiano las palabras cambian, pero mantienen la misma raíz latina: «*competentia*».

A causa de ello, nuestro subconsciente relaciona ambos conceptos, equiparando la aptitud y destreza de una persona a su capacidad de competir. Además, obtener el término opuesto a la competencia es fácil; basta añadirle el prefijo in- y nos da la palabra ‘incompetencia’. De alguien competente nos fiamos, sin embargo no nos fiamos de alguien incompetente, pues dudamos de sus capacidades. Ello lleva a nuestro subconsciente a relacionar la incompetencia con la incapacidad de competir. Pero ¿cual es el complementario de la competencia?

Para ello debemos identificar sus duales. La virtud es la competencia vista como destreza. El defecto es la rivalidad. El opuesto de la rivalidad es la colaboración, de manera que competencia y colaboración constituyen virtudes complementarias. La colaboración también tiene su defecto dual, el cual es la incompetencia, pues uno puede acabar por ser incompetente si siempre deja que todo se lo hagan los demás, para así nunca tener que aprender. Y sin embargo la negación de la colaboración no la construimos con un prefijo (¿in-colaboración?) sino que para ella tenemos una nueva palabra (rivalidad) la cual muchos llegan incluso a ver de forma positiva pues perdieron la conexión con su opuesto.

Así es cómo aceptamos vivir en una sociedad que no premia la colaboración pero si la capacidad de competir. Se otorgan galardones al ganador, para reconocer su alto grado de destreza, pero nadie reconoce a aquellos que fueron los mejores colaboradores. No premiamos la capacidad de ayudar a otros, sino nuestra abilidad de competir y ganar.

De hecho, Occidente ha enfatizado la ‘competencia’ hasta el punto de sugerir y creerse que resulta imprescindible para propiciar la evolución de las especies. Constituye la llamada teoría evolutiva de Darwin. Ésta viene a argumentarnos que en la naturaleza sobrevive el más fuerte. Un ejemplo típico es el de aquellas especies animales en las que los machos luchan para convertirse en dominantes y aparearse con las hembras. “*Así gana el más fuerte, el más apto, propiciando la evolución de la especie, por ser sus genes superiores,*” nos argumentan. Pero ante tal afirmación, uno debe preguntarse: ¿es eso cierto?

Pongamos por ejemplo aquellas especies en las que el vencedor se queda con el harén entero, pudiendo aparearse con todas las hembras, mientras que el resto se queda sin pareja. Argumentar que esa lucha es esencial para que la especie evolucione es un sin-sentido. Los genes evolucionan a partir de la diversidad, no de la endogamia practicada cuando un macho dominante fecunda a todas las hembras, hasta que viejo ya, se ve obligado a partir para que uno de sus descendientes fecunde ahora a sus ‘hermanas’. La diversidad que nos permite evolucionar la tenemos cuando un macho y una hembra colaboran como pareja, para juntos sacar hacia adelante a una nueva generación; o cuando las hembras colaboran entre ellas, adquiriendo la responsabilidad conjunta de las crías, sin que necesariamente se conozca la paternidad de las mismas.

La teoría darwiniana de la evolución de las especies también alude a la escasez de recursos para justificar la necesidad de competir. “*Competir por lo poco que hay, como única opción de supervivencia*”. Sin embargo, en el ejemplo anterior aquello que causó la escasez no fue la naturaleza. Ella, en su sabiduría, hizo que nacieran un número equivalente de machos al de hembras. Lo que la causó fue la costumbre del macho dominante a quedarse con el harén entero. Y es que al observar la naturaleza―y la abundancia que la caracteriza―uno se percata de inmediato que ésta no se rige tanto por la competencia como por su complementario: la ‘colaboración’. El mundo natural no está basado en la lucha sino en la simbiosis. Y cuando hay escasez, ésta es artificial y viene originada por el deseo de unos pocos por acaparar.

La formalidad

LA FORMALIDAD CONSTITUYE el segundo de los valores. El ser formal denota seriedad. De alguien formal nos fiamos pues sabemos que cumplirá sus compromisos. Encontrar su concepto opuesto es fácil―basta añadirle de nuevo el prefijo in- y obtenemos la palabra ‘informal’. De alguien informal no nos fiamos, pues no sabemos si cumplirá con sus responsabilidades. Eso nos hace ver lo formal como una cualidad positiva, al igual como sucedía con la competencia. Sin embargo, pocos son los que se fijaron en el complementario del ser ‘formal’. Para ello buscamos la expresión dual del ser formal, y que es el ser forzado, el necesitar que las cosas se hagan siempre de una determinada forma―aquella estipulada por la norma. El opuesto forzado es espontáneo, y como ya sucedía con la colaboración, el opuesto de espontáneo no se obtiene simplemente añadiéndole un prefijo.

¿Cómo pudimos decantarnos por el lado de la formalidad sin la naturaleza es por definición espontánea? El soplo de viento que levanta el polvo; el chubasco repentino que nos deja empapados; el canto de un pájaro o la chirría de un grillo, el relámpago que ilumina el cielo; la flor que se abre mientras las restantes aun permanecen cerradas; el río que serpentea corriente abajo. No existen dos árboles que sean exactamente iguales, ni uno que tenga dos hojas idénticas, pues cada árbol y cada hoja forma parte de un proceso creativo que está más cerca de la espontaneidad que de la formalidad. De ser formal, el viento soplaría a una determinada hora; el chubasco no sería repentino, ni el canto del pájaro o la chirría del grillo. Los relámpagos se irían sucediendo a intervalos regulares. Las flores se abrirían todas al mismo tiempo. Los ríos descenderían como canales, siempre en linea recta. Y todos los árboles de una misma especie serían idénticos, como iguales serían sus hojas.

La formalidad la transmiten sobretodo las leyes. Cada vez que surge un problema, se crea una nueva ley, normativa o directriz para regularlo. Pero legislando problemas nunca lograremos evitar sus causas. Lo único que hacemos es esconderlas bajo un manto de normas, para que cuando éstas vuelvan a manifestar otro problema, aun nos resulte más difícil identificarlas y atajarlas. Ello va creando una sociedad cada vez menos espontánea y más regulada, menos libre y más controlada.

La racionalidad

LA RACIONALIDAD CONSTITUYE la tercera virtud enfatizada por la sociedad ‘moderna’. Ser racional implica estar dotado de razón, es decir, de capacidad de discernimiento. Darle la razón a alguien implica estar de acuerdo con lo que dice o hace. De hecho, otorgamos tanta importancia a la capacidad de razonar, que hemos perdido la conexión con nuestro corazón. El psicólogo suizo Carl Jung lo describe con gran lucidez al repetir una conversación que mantuvo con un jefe nativo americano en Taos, Nuevo México, en 1932.

«Mira», decía Ochwiá Biano, «lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos».

Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos.

Me respondió: «Dicen que piensan con la cabeza.»

«¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú?», le pregunté.

*«Nosotros pensamos aquí», dijo señalando su corazón.[2] *

Tanto énfasis en el proceso de razonar, ha hecho que vivamos en nuestras cabezas y nos olvidemos del corazón. Para describir a aquellos que piensan con el corazón, Occidente también ha ideado una palabra: ‘irracional’. De nuevo vemos como el valor imperante puede ser fácilmente negado con un prefijo. Irracional es aquel o aquello carente de razón. Decir que algo es irracional implica afirmar que no tiene sentido, que es absurdo. Sin embargo, pocos son los que tienen en cuenta el complementario de la ‘racionalidad’. Para encontrarlo debemos percibir la cara oscura de la racionalidad. De hecho, tal es el énfasis que se ha puesto en la racionalidad que ni una palabra se ha creado para referirse a su expresión negativa. Es por ello que para encontrar su expresión complementaria debemos buscar la virtud de la irracionalidad, la cual es la intuición.

Tanto racionalidad como intuición nos pueden llevar a creer en el absurdo. El primero lo hace limitando nuestras opciones, mientras que el segundo lo hace como resultado de expandirlas. La persona excesivamente racional dirá: “no me lo creo hasta que no me demuestren lo contrario”, pero dado que la demostración de algo puede ser muy intuitiva, esa persona tal vez no se crea algo que sea obvio, lo cual le lleve a creerse el absurdo. Un ejemplo lo tenemos en el empirismo, el cual niega la existencia de aquello que no pueda ser percibido por los sentidos. Hoy sabemos que los sentidos solo perciben una fracción de lo que hay, solo perciben frecuencias comprendidas entre determinados rangos, y sin embargo aun hay aquellos que niegan lo que no ven

De ahí que lo más ‘irracional’ que hay sea tal vez el excesivo racionalismo, el vivir completamente en la cabeza. Al obrar de tal modo, uno acaba construyendo un mundo de fantasía, separado de la realidad. Si hay algo a lo que podamos llamar ‘realidad’, es aquello que compartimos con los demás. Pero la cabeza no es la que comparte. Ésta se limita a relacionar información almacenada en los bancos de memoria. El que comparte es el corazón. El corazón es aquel que nos permite vivir en íntimo contacto con los demás, y con esa realidad que la ciencia ya ha demostrado que no es objetiva ni única, sino que es subjetiva, no en el sentido de que cada uno la interpreta de forma distinta sino en el sentido más profundo de que cada uno la proyecta de una forma distinta. La realidad como proyección y no como interpretación de algo que existe externo a nosotros y que dispone de una única forma ‘correcta’ de ser interpretado.

Desequilibrio de valores

OBSERVAMOS CÓMO LOS tres valores vistos pueden ser negados fácilmente. Para ello tan solo fue necesario añadirles un prefijo obteniendo un opuesto que denota negatividad. Al contrastar los valores vistos con sus opuestos, se nos justifica que nos mantengamos en los actuales extremos de la excesiva competencia, formalidad y racionalidad, pues la alternativa sería un mundo de incompetencia, informalidad e irracionalidad. Sin embargo, para hallar el equilibrio, los valores vistos no deben ser contrastados con sus opuestos, sino con sus complementarios.

En la complementariedad uno de los conceptos puede ser vinculado a lo masculino, mientras que su complementario lo es a lo femenino. Así la competitividad es masculina, frente a la cooperación, más típicamente femenina. La formalidad también es masculina, mientras que la espontaneidad sería femenina. Y la racionalidad vuelve a ser masculina, en contraste a la intuición femenina.

También observamos como el lenguaje no nos permite negar la cooperación, la espontaneidad y la intuición con la misma facilidad. A ninguna de las tres palabras se les puede anteponer un prefijo, para obtener su opuesto que denote negatividad. De hecho, en el caso de la intuición no hay ni opuesto, pues a nadie se le ocurrió que la racionalidad pudiera tener un rostro negativo. Estamos sufriendo las consecuencias de esa excesiva racionalidad y aun seguimos sin disponer de una palabra que nos describa ese efecto tan pernicioso.

Al poseer cada uno de los valores masculinos un opuesto que denote negatividad, y al no poderse negar su complementario femenino con la misma facilidad, el lenguaje nos induce a contrastar cada valor masculino no con su complementario, para así buscar el punto de equilibrio, sino con su opuesto, con la negación del atributo masculino. Ello causa que sea justamente esa negación la que sea percibida como par femenino, llevando a muchos a considerar lo femenino como incompetente, informal e irracional.

De dicha forma tan sutil se nos incita a percibir el atributo masculino como la única opción posible, justificándose que nos mantengamos en el actual extremo, basado en la competitividad, la formalidad y la racionalidad. Por ello, el equilibrio no será posible hasta que no pongamos un mayor énfasis en los complementarios femeninos, para construir así una sociedad en la que la cooperación, la espontaneidad y la intuición estén más valoradas.

Contraste con otras culturas

LOS TRES VALORES vistos distan mucho de coincidir con los que expresan las culturas indígenas del planeta. Pongamos por ejemplo el de la cultura andina.

El andino no busca ‘competir’, sino servir al grupo. Ese servicio se realiza mediante «*llankay*», palabra que podría ser traducida como trabajo, pero que sin embargo denota mucho más. Llankay es un trabajo que ennoblece el alma y realiza al Ser. No es un trabajo que somete y denigra. El occidental acusa al indígena de ser ocioso, pero no se da cuenta que su falta de interés es hacia el tipo de labores en las que occidente ha convertido el trabajo, labores rutinarias y repetitivas que enajenan el Ser.

Como segundo valor andino tenemos al ‘amor’ (munay). El andino rige su sociedad a partir de dicho principio, en claro contraste a la formalidad occidental. La formalidad de tenerlo todo regulado y legislado no ayuda a evitar el crimen cuando la ley no es aplicada a todos por igual, o cuando son tantas las leyes que se contradicen, o cuando son injustas, o cuando los que han de dar ejemplo no lo dan. Con tanta formalidad acabamos negando su complementario: la espontaneidad.

El amor también tiene un dual: el odio. Muchos pensaron que ese era su opuesto, lo cual demuestra el nivel de confusión actual. El opuesto del amor no es el odio sino la indiferencia. Se muere más rápido por indiferencia que por odio. La indiferencia constituye pues la expresión negativa, mientras que la aceptación y el desapego constituyen su cara positiva. El amor tiene pues en la aceptación y el desapego a sus complementarios, los cuales nos evitan caer en el odio. Y es que donde hay aceptación y desapego, no puede haber odio.

El tercero de los valores andinos es la ‘sabiduría’ (yach’ay). Occidente se pensó que el racionalismo le llevaría a alcanzar el conocimiento, pero no se dio cuenta que la verdadera sabiduría es sobretodo intuitiva, y que la excesiva racionalidad acabó justamente por negar esa sabiduría. En cambio, el mundo andino consideró directamente a la sabiduría como el valor a alcanzar, sin limitar los caminos para alcanzarla a la doctrina impuesta por el racionalismo.

Valores y chakras

AQUELLOS QUE ESTÉN familiarizados con los chakras o centros energéticos en el ser humano, percibirán en los tres valores andinos la siguiente progresión.

  • La voluntad por el trabajo bien hecho (llankay) permite madurar el centro energético del ombligo, al cual el andino le vincula la figura del puma.
  • Cuando ese trabajo bien hecho se convierte en un servicio hacia los demás, el siguiente centro―el del corazón―empieza a abrirse. Dicho centro está vinculado al amor (munay) y el andino lo relaciona con el colibrí.
  • Será entonces que ese amor hacia los demás, emanando de nuestro pecho, empiece a activar los dos centros superiores, vinculados al conocimiento (yach’ay). Éstos son: el centro energético de la garganta, vinculado a la capacidad de comunicar el conocimiento, y el del entrecejo, fuente intuitiva de la sabiduría. A ellos, el andino les asigna la figura del cóndor.

No se trata, por lo tanto, de tres valores superfluos, sino que los mismos se inscriben dentro de un plan evolutivo humano, a partir del cual podemos ir despertando nuestro potencial.

En cambio la ‘competencia’ es una cualidad propia del centro energético del perineo, ubicado entre los genitales y el ano. Dicho centro tiene como función primordial el garantizar nuestra supervivencia. Aquellos que lo tengan inmaduro y poco energetizado se sentirán temerosos, vulnerables e inseguros. Mientras que aquellos que lo tengan también inmaduro, pero muy energetizado, buscarán constantemente el competir contra los demás. El andino vincula el centro del perineo a la figura de la serpiente y es que la competencia no hace más que exacerbar nuestra mente reptiliana, basada en la lógica binaria del luchar o huir para sobrevivir.

La ‘formalidad’ vuelve a ser otra cualidad vinculada a dicho centro del perineo. Aquel que no lo tenga maduro, buscará la seguridad tan ansiada en la formalidad, en el saber que si cumple las normas que la sociedad le impone al pie de la letra, no tiene porque preocuparse. Mientras que aquel que lo haya madurado, tenderá a ser espontáneo. Su falta de miedo le permite actuar con espontaneidad, al saber que nada es casual, que todo responde a una intencionalidad. Esa convicción o fe es el resultado de haber despertado los centros superiores.

¿Y la ‘racionalidad’? Según el yoga, la capacidad de razonar y deducir información son atributos de la mente intermedia, la cual está ubicada en el centro energético del ombligo. Cuando el centro del obligo se halle muy energetizado, pero aun inmaduro, el sujeto tenderá a pensar en exceso y solo en si mismo. Tenderá a creerse sus propias mentiras para así justificar sus actos egoístas. En cambio, a medida que el centro empiece a madurar, el sujeto aprenderá a utilizar toda esa fuerza de voluntad ya no para defenderse y justificarse a si mismo, sino para llevar a cabo una labor, un trabajo bien hecho (llankay).

Y será en la medida en que ofrezca el fruto de esa labor como servicio hacia los demás, que empezará también a abrir el siguiente centro: el del corazón. Es entonces que dejará de pensar con la cabeza y empezará a hacerlo con el corazón, dejará de pensar desde el centro energético del ombligo para empezar a hacerlo desde el pecho.

Observamos cómo los tres valores de la sociedad actual nos mantienen los centros del perineo y ombligo inmaduros pero energetizados, impidiéndonos el poder evolucionar espiritualmente. Mientras que los tres valores andinos nos permiten madurar el centro del ombligo, para saltar al del corazón, y desde allí activar los centros superiores. ¡Qué no nos extrañe pues que vivamos en una sociedad disfuncional! Vivimos en una sociedad en la que sus valores fundamentales nos mantienen anclados al nivel de los centros inferiores, en vez de permitirnos evolucionar.

Notas a Pie:


  1. Definiciones según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.
  2. C.G.Jung “Recuerdos, Sueños, Pensamientos”. Seix Barral. 2001\. Barcelona. España. pg 207\.