Fábula del Potuu

Marc Torra

El Potuu que quería alcanzar el techo del mundo

Una vez vivió allí donde las montañas de los Andes se encuentran con la selva un potuu de ojos saltones.

Los potuus son pájaros nocturnos. Suelen pasar el día camuflados sobre la rama de un árbol, mientras que al atardecer o por la noche cazan insectos, principalmente al vuelo. Pero aquel Potuu era diferente, ya que en vez de buscar comida, él pasaba la noche observando el firmamento al tiempo que pensaba:

“Me gustaría poder volar muy alto, volar hasta alcanzar los límites del mundo, volar hasta aquel lugar que le da el azul al cielo; hasta el techo desde el que cuelgan el Padre Sol y la Madre Luna y en el que se halla el muro que trasluce la claridad de las estrellas.”

Una noche el potuu soñador decidió que valía la pena intentarlo. Al mediodía del día siguiente en vez de pasar la jornada camuflado sobre la rama de un árbol, decidió alzar el vuelo en dirección hacia el intenso Sol del mediodía. Y así continuó, batiendo las alas, hasta el atardecer.

Confundido en la oscuridad de la noche, e incapaz de alcanzar un techo que le esquivaba, decidió descender. Triste de haber fracasado en su aventura, se puso a llorar.

Así fue como un viejo cóndor, sorprendido de escuchar el lloriqueo nocturno de un pájaro que normalmente inunda el bosque con su canto melancólico, decidió detener su vuelo para preguntar qué pasaba.

—Amigo cóndor —preguntó el potoo—, tú que te deslizas sobre el aire sin esfuerzo, aprovechando las corrientes para alzarte hasta el cielo. ¿Me podrías explicar cómo alcanzar el techo del mundo?»

Al escuchar tal pregunta, el cóndor respondió:

—Simplemente no hay techo, potuu. Yo he preguntado al aire que sostiene nuestro vuelo y no he recibido respuesta. Mi grito se perdió en la inmensidad de un cielo sin fronteras; de la misma manera que tu consciencia tampoco posee limites, pues el Universo no es más que una proyección de nosotros mismos. Por ello, mejor que dediques tu tiempo a conocerte a ti mismo.

Al oír la respuesta, el potoo hinchó el pecho con orgullo y respondió:

—¡Qué sabrás tú del techo, cóndor, si lo único que te interesa es encontrar carroña que comer! En mi caso, me he pasado mucho tiempo observándolo, estudiándolo, intentando encontrar el camino más fácil para alcanzarlo. Tiempo analizando el manto negro que cubre la noche y el manto azul que cubre el día. Por lo tanto, no diré que soy un experto, pero al menos soy un entendido y ahora solo me falta alguien que me indique el camino más corto para llegar hasta allí.

De ahí que en vez de darse por vencido, el obstinado pájaro decidió volver a intentarlo. Convencido de que la razón de su anterior fracaso había sido esperar al Sol del mediodía, esta vez decidió emprender el vuelo al amanecer. Sin embargo, con la puesta del Sol, la oscuridad le atrapó de nuevo, las nubes le desorientado, el agotamiento físico le confundió y antes de alcanzar el tan deseado techo, tuvo que claudicar para descender de nuevo. Al retornar a la superficie, se camufló abatido a la rama de un árbol. Con el orgullo demasiado herido como para ponerse a llorar, decidió simplemente permanecer en silencio.

Entonces, desde esa misma rama, escuchó una llama de lana negra que bebía del arroyo.

—Oh llamita, Yacana sagrada, de lana negra, tú quien sabe cómo alzarse al cielo para beber del río celestial (Vía Láctea), quien tiene por ojos dos estrellas, seguramente puedas indicarme cómo alcanzar el firmamento.

La llama, al escuchar la extraña pregunta, se quedó mirando al pájaro con cara de sorpresa y con los ojitos iluminados le dijo:

—¿Por qué te preocupas del cielo, si todo lo que necesitas para vivir está aquí, sobre la superficie de la tierra? ¿Crees que encontrarás los insectos que te alimentan en este techo que pareces buscar con tanta insistencia? Mejor que pases el día camuflado sobre la rama de un árbol, como hacen los de tu especie, para que al caer la noche estés descansado y puedas cazar, o acabarás muriéndote de hambre.

Acabada la respuesta, la llama continuó su camino de descenso por el arroyo. Pero ésta tampoco gustó a nuestro amigo. Aunque ya empezaba a notar los efectos de una obsesión que no le alimentaba, el potoo estaba decidido a seguir intentándolo, por lo que a primera hora de la mañana siguiente emprendió el vuelo de nuevo. Y al atardecer, agotado de tanto volar, cayó completamente abatido junto a un río.

Allí se quedó, durmiendo para recuperarse con la nueva puesta de Sol, momento en el que vio un sapo llamando a la lluvia desde un pequeño estanque. Con la voz rota por el agotamiento del día anterior, el potoo sacó la cabeza de entre su plumaje y de nuevo se aventuró a preguntar:

—Oh sapito, Hamp’atu, tú que en medio del río celestial, eres observado por todos, por la serpiente, la llama, el zorro y la perdiz, pues saben que eres poseedor de ese conocimiento ancestral que te permite llamar la lluvia. Tu que tienes frente a ti la Chakana celestial, sabrías decirme cómo alcanzar el techo del firmamentos.

—El sapo dejó de llamar a la lluvia, se quedó observando al potoo con cara curiosa y le preguntó:

—¿Has intentado alcanzarlo nunca?

—Sí. Muchas veces, pero siempre llega un momento en el que agotado no puedo volar más arriba y tengo que regresar.

—¿Y no piensas, potoo, que quizás ése sea tu propio límite, aquél que necesitas aceptar? De ser así, ya habrías alcanzado el techo que tanto buscas, tu propio techo. Por lo tanto, mejor que hagas como el agua, que como tú también busca el cielo, pero acepta sus propios límites. Dentro de ellos se transforma en nube, para disfrutar posteriormente del viaje de regreso, dejándose caer como lluvia, serpenteando como arroyo, deslizándose después como río, para descansar finalmente como inmenso océano.

Todo y ser la respuesta del sapo muy sensata, tampoco le satisfizo. Así que a la mañana siguiente decidió intentarlo de nuevo, para de nuevo fracasar. Triste y desconsolado, se pasó toda la noche en silencio, hasta que al amanecer preguntó a un zorro que recién bajaba de las alturas. Con su caminar astuto, cruzó el arroyo sin mojarse la cola y se quedó mirando al desamparado pájaro.

—Oh zorro, mi querido atoq, tu que sabes cómo eludir el pastor para poder cazar alguna llama joven de su rebaño, seguro que también sabrás cómo encontrar este techo del mundo que me elude a mi.

El zorro, al escucharle, se sorprendió de que el potuu le viniera con una pregunta de carácter tan filosófico en vez de camuflarse temeroso en la rama del árbol para no ser descubierto. Dejó su andar canino, para detenerse bajo esa rama, le miró con pena pensando que no valía la pena abalanzarse sobre él, y le dijo:

—Haz como el fuego, potuu, que alza sus llamas cada vez a mayor altura. Sigue insistiendo y seguro que acabarás por alcanzar el techo que tanto buscas.

Una vez dada la respuesta, el zorro continuó su andar, pensando que mejor potuu exhausto caido de un árbol, para que pueda ser atrapado, que felizmente cantando desde la rama más alta.

Y sin embargo, aquélla fue la primera respuesta que, a pesar de no satisfacerle plenamente, al menos dio al potuu motivos de esperanza.

«Seguiré insistiendo» pensó «tal y como me recomienda el zorro, y con tiempo, voluntad y paciencia seguro que lo alcanzo.

De esta manera fueron pasando los días, y con ellos las semanas y las estaciones del año. Cada mañana se ponía a volar hacia el cielo hasta que, por agotamiento o por falta de aire, llegaba a un punto donde debía iniciar el descenso. Y cada día, al atardecer, se le podía ver triste y desamparado por no haber alcanzado el tan deseado objetivo. Los otros compañeros potuus se reían y cuentan que todavía cantan pobre-po-tuu cada vez que se reúnen para recordar su historia.

Pero la fábula no acaba aquí. Con el tiempo y la pérdida de la juventud, su energía fue disminuyendo. Entonces un día comprendió que quizás sí que necesitaba hacer caso al sapo quien, zampuiéndose en el agua de ríos y estanques, aceptaba su propio techo. A partir de ese día comenzó a disfrutar de lo que ya tenía, sin pensar en un techo que le evadía.

Al poco tiempo conoció a una potuu hembra y se enamoraron. Seguidamente vinieron los hijos, la familia, y con todos ellos la responsabilidad de tener incubar los huevos durante el día y buscar comida. Desde entonces nuestro amigo ya no miraría nunca más al cielo. Desde entonces pasaría el rato observando la tierra, en busca de una posible presa, tal como la llama le había sugerido.

Poco a poco, las estaciones de lluvias fueron pasando y sus hijos se hicieron mayores. Con los años él también envejeció, pudiendo disfrutar de más tiempo para pensar y volver a mirar hacia arriba, hacia el aire. Así fue como un día, recordando la respuesta del cóndor, pensó:

«Quizá sí que el cielo no tenga techo y la mejor manera de explorarlo sea conociéndose a uno mismo.»

Mensaje de la fábula

Como toda fábula, ésta puede ser interpretada a muchos niveles o capas.

Primera Capa

En el capa más superficial, se observa como ésta corresponde a los cuatro estadios de la vida.

Así, en su niñez, el potuu intenta alcanzar lo imposible. Por ello, de las cuatro respuestas la única que le satisface es la de fuego, elemento que no teme a los retos. Pero un fuego desmedido puede ser contraproducente, pudiendo llevarnos a caer en las garras del zorro. De ahí que el niño necesite la supervisión de alguien de mayor edad.

A medida que maduramos para adentrarnos en la pubertad, empezamos a comprender la respuesta sensible que dio el sapo, expresión del elemento agua. En ese estadio, vamos tomando consciencia de los límites, para movernos libremente en ellos.

Con la edad adulta, empezamos a asumir responsabilidades, por lo que la respuesta que pasa a resonar más con el potuu es la de la llama, de carácter práctico, y representante del elemento tierra.

Y finalmente, ya en la vejez, pasan a satisfacernos aquellas respuestas de carácter más existencial, y que corresponden a la que le da el cóndor, representante del elemento aire.

Los desequilibrios actuales son consecuencia del exceso de fuego y ante tal exceso debemos preguntarnos si nos conviene seguir haciendo lo que nos aconsejó el zorro, buscando así el crecimiento constante en un planeta cuyos recursos son finitos, o mejor empezar a tomar consciencia de esos límites, para aprender a movernos libremente en ellos.

Segunda Capa

A este segundo nivel interpretativo, ya no hablamos de las edades del cuerpo sino del alma. Constituyen en alma en su infancia, pubertad, madurez y vejez. Ello vendría a decirnos que la humanidad en la actualidad se hallaría en su estado de niñez, justo entrando en la pubertad. De ahí que predomine la expresión del elemento fuego. Son cuatro estadios en el nivel de conciencia humano que se irían alternando dentro del ciclo de precesión de los equinoccios, de 25.000 años aproximadamente, tal como se explica en la sección llamada Ciclos.

Tercera Capa

A este tercer nivel observamos como los cuatro animales corresponden a las constelaciones negras, es decir, a nubes de polvo interestelar. Las tres primeras nubes se hallan entre nosotros y el centro de la galaxia.

Eventualmente, en nuestro tránsito del sistema solar alrededor de la galaxia, estimado en 240 millones de años, llegará un punto en el que ya dejen de bloquear la luz que nos llega de ese tercer sol.

De las cuatro constelaciones negras, el cóndor es la única que no nos está bloqueando esa luz, animal que además se corresponde con el Hanaq Pacha o mundo de arriba.

Ilustraciones realizadas por Gabriel Alcaraz. Creative Commons