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  • El presente artículo hace una analogía entre la humanidad como oruga a punto de convertirse en mariposa y el Planeta Tierra como planta a punto de florecer.
  • Dicha analogía ayuda a comprender el principio de correspondencia, una de las cinco relaciones primordiales de la naturaleza la cual dice “Como es Arriba, es Abajo”
  • El «Arriba» constituye el ciclo de precesión de los equinoccios, el cual dura aproximadamente 25.000 años y en el que se definen las fases evolutivas de la humanidad: Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Bronce, Edad de Hierro, Edad del Héroe.
  • El «Abajo» es el ciclo de vida de una mariposa, con sus cuatro fases bien definidas de huevo (Edad de Bronce), larva u oruga (Edad de Hierro), pupa o metamorfosis (Edad del Héroe), e imago o mariposa, teniendo la fase de imago dos instantes: antes de la fecundación (Edad de Oro) y después de la fecundación (Edad de Plata).

Nuestro verdadero potencial

Si dispusiéramos de un lenguaje para expresar nuestro verdadero potencial, podríamos redefinir quienes somos para convertirnos en aquel quien realmente queremos ser. Hay quienes dicen que ese lenguaje está en nuestro ADN, pero el ADN son meras instrucciones con las que construirnos un cuerpo y nosotros somos mucho más que el cuerpo físico.

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Fuente: Pixabay. Licencia de Domínio Público.

Imagínate si pudiéramos concebir un lenguaje para instruir no al cuerpo sino a la mente. Antes de introducirte el mencionado lenguaje, permíteme que te exprese cual considero constituye nuestro potencial y lo haré por medio de una analogía.

Somos una oruga a punto de convertirnos en mariposa

Como muy bien sabemos las orugas se agarran a las hojas con sus diminutas patitas, devorándolas como si no hubiera un mañana. Lo hacen sin ser conscientes que su destino es convertirse en mariposas. Sin percatarse que un día emprenderán el vuelo, para volar de flor en flor succionando su néctar.

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Por Sid Mosdell. Licencia Creative Commons.

La humanidad es como una oruga arrastrándose sobre una hoja que llamamos Planeta Tierra, en una planta llamada Sistema Solar, una de muchas en un jardín de flores llamado Vía Láctea.

Earth at night

Por Ahsan Therock. Licencia Creative Commons.

Desde el momento en el que dicha oruga rompió el cascarón, hace ahora cinco mil años, solo ha albergado un deseo: comer para crecer.

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Por Gail Hampshire. Licencia Creative Commons.

Nuestra madre depositó los huevos durante el ciclo previo. Ella fue la humanidad que nos precedió y de la cual recordamos poco. En nuestra memoria colectiva tan solo queda el recuerdo de nombres como Lemuria o Atlantis, junto con construcciones de piedra cuyo verdadero propósito es aun un misterio.

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Por Walter Baxter. Licencia Creative Commons.

Aquellas culturas cuya memoria no sufrió una especie de amnesia colectiva, como los hopies, incas o toltecas, nos hablan de cuatro o cinco humanidades previas, dependiendo de a quien preguntemos. Yo creo que somos mucho más antiguos, habiendo vivido ese ciclo un número incontable de veces.

Atlante de Tula con Mariposa

Composición hecha por Marc Torra a partir de un “Atlante de Tula” de AlejandroPZ (Wikimedia) y una mariposa de Kazanjianm (Deviantart)

Pero recuperemos la analogía. La obsesión de la oruga por crecer es tal que todas sus células están ocupadas en digerir el alimento y multiplicarse. Bien, todas menos aquellas a las que los biólogos llaman «imaginales».

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Fuente: Pixabay. Licencia de Dominio Público.

Al principio son pocas y viven aisladas. Sin una función concreta que llevar a cabo, se dice de ellas que están desactivadas. Pero cuando parece que la oruga expoliadora no posee otro propósito en la vida que seguir comiendo para crecer indefinidamente, las células imaginales empiezan a activarse.

Mientras que las células convencionales solo piensan en masticar hojas para convertirlas en tejidos con los que incrementar el tamaño de la oruga, las imaginales hablan de alas con las que volar, ojos con los que ver, antenas con las que comunicarse, largas patas con las que agarrarse a los pétalos de las flores, una lengua con la que succionar su néctar… Están, en definitiva, ‘imaginando’ una realidad distinta…

El sistema inmunológico de la oruga, al detectar el deseo de las células imaginales de manifestar una realidad diferente a la del crecimiento desenfrenado de su anfitrión, no las reconocen como propias y empiezan a atacarlas.

Ello las lleva a agruparse en pequeñas colonias. Aquellas que hablan de alas se congregan en un lugar. Aquellas que hablan de antenas en otro. Y lo mismo sucede con las restantes.

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Imagen de la puerta de un ‘blockade’ para proteger al bosque de la tala indiscriminada. Foto de Marc Torra. Licencia Creative Commons.

Pero por mucho que el sistema inmunológico de la oruga trate de preservar la función de su anfitrión como devorador de hojas, intentando eliminar las células imaginales, su número continúa incrementándose. Con el aumento de su tamaño, las colonias se transforman en aquello que los biólogos llaman «discos imaginales».

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Disco Imaginal de la pata de una mosca. Por Iván Camilo Beltrán. Licencia Creative Commons.

Entonces el día llega en el que el instinto de la oruga le pide dejar de comer, ir a merodear, para finalmente colgarse boca debajo de una hoja desde la que empezar a construir una crisálida con la que envolverse.

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Por Sid Mosdell. Licencia Creative Commons.

Para las naciones desarrolladas dicho momento llegó a inicios de la década de los 70s, cuando alcanzaron el nivel máximo de su capacidad manufacturera. Desde entonces la oruga ha continuado creciendo a partir de deuda, engañándose a si misma al pensar que la burbuja resultante constituye el verdadero tamaño de su cuerpo.

Deuda_EEUUFue en aquel periodo que las células imaginales empezaron a activarse en gran número. En el pasado se las ha llamado bohemios, hippies, inconformistas o anti-sistema. Actualmente su número se ha incrementado hasta tal extremo que ya constituyen una clase dominante, al representar más de un cuarto de la población.

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Fuente: Pixabay. Licencia Dominio Público.

Una vez la oruga acaba por envolverse totalmente en la crisálida, la secreción de enzimas comienzan a disolver su cuerpo. Confundidas, la mayoría de las células convencionales empiezan a preocuparse. La vida pierde sentido pues todo aquello que antes les dio un propósito se está desintegrando. Aquellos sistemas que las mantenían en vida se están colapsando, los órganos dejan de funcionar, y las funciones que pensaban les garantizaban la supervivencia ya no son relevantes. Su realidad se convierte en una sustancia pegajosa y viscosa cuyo color está entre el verde oscuro y el negro.

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Por Sid Mosdell. Licencia Creative Commons.

Por aquel entonces los discos imaginales ya se desplazaron desde el interior de la oruga, a través de su piel, hasta el espacio hueco que queda entre la oruga y la crisálida, lugar en el que quedarán al margen de ese proceso de descomposición. En nuestra analogía tales discos son las comunidades que, en la búsqueda de la autosuficiencia, se establecieron al margen de la sociedad.

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Ecoaldea por Alex Proimos de Sydney, Australia. Licencia Creative Commons.

Entonces, al cabo de unos días, una hermosa mariposa emerge de la crisálida. Aquello que las células convencionales percibieron como el fin, no es más que un nuevo estadio en el ciclo de vida del insecto. El sueño de las células imaginales se convirtió en una realidad, permitiendo el nacimiento de un organismo completamente nuevo.

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Por Sid Mosdell. Licencia Creative Commons.

A medida que la humanidad se transmuta de oruga en mariposa, el Planeta Tierra deja de ser hoja para convertirse en flor. Al fin llegó la primavera.

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Por Sid Mosdell. Licencia Creative Commons.

Cuando contemplamos a la humanidad como oruga a punto de iniciar un proceso de metamorfosis, nuestra elección es si ser una célula convencional o una imaginal. Pero cuando nos contemplamos a nosotros mismos ya no como meras células de un organismo mayor, sino como organismos de derecho propio, nuestra elección es si queremos permanecer como orugas o finalmente convertirnos en mariposas.

Para llevar a cabo dicho proceso de transmutación debemos comprender el código genético no del cuerpo sino del alma. Necesitamos un lenguaje que nos ayude a restablecer un antiguo canal de comunicación con nuestro Ser interior. Para lograrlo disponemos de una técnica muy antigua llamada “El Arte de Encontrarse”.

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Marc Torra
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Marc procede de la comunidad de Urus (que en lengua indoeuropea significa “lugar del que emana el agua”) ubicada en los Pirineos, tierra de cátaros. Una vez licenciado, se fue al extranjero. Ello sucedía en 1995 y desde entonces ha vivido y trabajado un poco en cada continente.

A medida que vivía en otros países, Marc empezó a relacionarse con culturas y formas de pensar distintas, especialmente con aquéllos a los que él llama «gente de tierra». De ellos aprendió una forma diferente de razonar y también descubrió que el futuro del planeta depende de nuestra habilidad para aprender lo que tales culturas pueden aportar.

Como autor, escribe sobre espiritualidad y nuevas tendencias, géneros que cultiva y entremezcla haciendo uso de la narrativa y del ensayo. Diplomado por la tradición Satyananda Yoga, intenta comprender y experimentar por sí mismo, para así crear puentes de unión entre las distintas culturas, las distintas tradiciones espirituales del Mundo, así como un puente hacia el futuro.