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La Flor Tierra

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La flor

PARA MEJOR APRECIAR cómo nuestro planeta es un ser vivo, necesitamos compararlo con un organismo que por su menor tamaño, nos resulte más familiar. Será cuando pensemos en Ella como en esa otra expresión de vida que la percibiremos mejor.

Por ello te digo que la Tierra es una flor en el jardín de la Galaxia; una flor que seducida por el despertar del alba, abraza la luz de la mañana con la curiosidad de un niño. Una flor que extiende sus pétalos al Sol, abriéndolos de par a par para liberar su fragancia hacia las seis direcciones interestelares. Una flor que, llegadas las condiciones favorables, dispersará su polen en busca de plantas a las que politizar. Una flor capaz de producir una semilla, y de protegerla con un fruto, para así diseminarlo por el jardín de la Galaxia. Una flor que busca colonizar aquellos nuevos rincones del jardín donde las condiciones ambientales le sean favorables. Pero también es, como muchas otras, una flor que al anochecer se cierra, aislándose del exterior. Una flor que, si no logra convertirse en fruto, acabará por marchitarse cuando le llegue su otoño, para que la planta pueda volver de nuevo a florecer en primavera.

Pintura al óleo. Obra de Kain White, encargada por Marc Torra.

Pintura al óleo. Obra de Kain White, encargada por Marc Torra.

El jardín

AHORA QUE LA percibimos como flor, ¿distingues su colorido en este jardín inconmensurable que la rodea? ¿Puedes probar la dulzura de su néctar? ¿Percibes su fragancia, esparcida a los seis vientos por la suave brisa cósmica? ¿Escuchas el zumbido de su transitar planetario? ¿Palpas la textura del espacio interestelar? Este gran jardín es un cúmulo de aproximadamente 200 mil millones de estrellas distribuidas en forma de disco, con el Sistema Solar ubicado en uno de sus brazos espirales, a dos tercios del centro.

A dicho jardín lo llamamos Vía Láctea, nombre que también damos a la franja floreada que engalana nuestro horizonte galáctico. Todas las estrellas que distinguimos con el ojo desnudo le pertenecen, aunque únicamente representen una diminuta fracción de los miles de millones de estrellas que la componen. Si las pudiéramos ver todas, el cielo aparecería blanco y luminoso, colorido como una planta de jazmín floreciendo en primavera.

A los billones de otros jardines que hay en el Universo no les logramos distinguir la vegetación, pues su lejanía los convierte en pequeños puntos difuminados. Son como diminutas chispas de luz, prácticamente imperceptibles al ojo humano, cada una a su vez compuesta por miles de millones de otras plantas florecidas.

La planta

CONTINUANDO CON LA analogía de la flor, aquello que llamamos Sistema Solar es el organismo del cual la flor Tierra forma parte. Como flor, Ella es el aparato reproductor de la planta, el órgano destinado a transformarse en fruto. Es el fruto portador de la semilla y la envoltura que ayudará a diseminarla. Por ello, debemos verla no como cuerpo celeste aislado de los restantes planetas o del propio Sol, sino como uno de sus elementos constitutivos; como el órgano reproductor del cuerpo Estelar.

En ese cuerpo resulta fácil deducir la importancia del Sol, pues si él faltara, simplemente no habría planta, no habría vida. El Sol representa las raíces por las que la planta absorbe su alimento, y también aquellas que la enraízan en un determinado rincón del jardín galáctico. Él es el gran dador, y la base de nuestro sustento.

Pero un sol sin planetas es como una chispa de vida que no pudo constituirse en organismo más complejo. Por ello, continuando con la analogía vista, Mercurio sería el equivalente a su material genético. Su función es la de codificar la información para que la memoria del pasado nos permita alcanzar nuestro verdadero potencial. Él es el escribano de los dioses,1 y como escribano compila la información genética para constituir el ADN del organismo estelar y por resonancia también del nuestro.

Las tradiciones iniciáticas del pasado lo supieron, o como mínimo lo intuyeron. De ahí que el cuadrado mágico de Mercurio se componga de una rejilla de 64 casillas, en la que los números del 1 al 64 han sido dispuestos de tal manera que todas las filas y columnas sumen 260. Y es que 64 también se corresponde al número de codones del ADN, es decir, al número total de palabras existentes en el alfabeto genético. Mientras que 260 es el número de días que median desde el último periodo de la mujer, hasta el momento del nacimiento de un nuevo ser humano. En dicho cuadrado mágico, el 260 aparece un total de 16 veces, siendo dicha cifra el número de células idénticas en las que se divide el cigoto―la célula inicial que combina el material genético de ambos progenitores―antes de iniciarse el proceso de diferenciación celular.

Cuadrado Mágico de Mercurio

Cuadrado Mágico de Mercurio

Pero Mercurio es mucho más, pues el Universo nunca es tan ocioso como para asignar a un órgano una única responsabilidad. Él también es la clorofila que permite el proceso de fotosíntesis.2

Gracias a la fotosíntesis estelar, el organismo logra absorber la luz procedente del sol central de la galaxia. Mientras es de noche en un rincón del jardín galáctico, las plantas estelares obtienen el alimento de sus raíces, de su sol. Dicha noche dura, en nuestro rincón de la Vía Láctea, un total de 13 mil años (medio ciclo de precesión). Será entonces, durante los siguientes 13 mil años del periodo diurno, que todos aquellos sistemas estelares también obtengan la energía directamente del sol central de la galaxia. Durante ese día de la galaxia el Mercurio de cada uno de ellos, el mensajero, permite al organismo estelar sintetizar en energía la luz que le llega del sol central de Sagitario A. Así transmuta la luz en alimento del alma, una luz que tardó 26 mil años en alcanzarnos (un ciclo de precesión completo).

Así es como Mercurio se encarga de sincronizar el material genético de la planta con la de los restantes sistemas estelares de la galaxia. Tal sincronización se lleva a cabo a partir de las frecuencias que le llegan de nuestro sol central, en una especie de epigenética estelar. La genética tradicional creía que una vez unidos los gametos masculino y femenino, y combinada su información genética para producir el cigoto, los genes ya no variaban. La épigenetica, en cambio, afirma y demuestra que la información genética de cada una de las células que componen un organismo va variando a lo largo de la vida del mismo. Ello requiere de un mecanismo a partir del cual todos los billones de células de ese organismo puedan sincronizar su información genética a la vez, por ejemplo un campo energético cuyas frecuencias sean capaces de alterar la información genética de todas las células al unisón.

Así es como aquella planta que nosotros percibimos como sistema solar―y que ella nos percibe como célula―es, desde el punto de vista del Ser Galáctico al cual pertenece, una más de sus células. Y en esa célula estelar, Mercurio es el ADN. Y en nuestras células humanas, Mercurio también estaría íntimamente vinculado al ADN, pues como dice la máxima hermética: tal como es arriba, es abajo. Sean nuestras células, o nosotros, o el sistema estelar al cual pertenecemos, o la galaxia en la que éste se integra, o el Universo en su totalidad, cada uno constituye un organismo independiente a un nivel (la planta), la célula de un organismo superior a otro nivel, o si nos desplazamos hacia lo diminuto, será el medio en el que habita una colonia de organismos (el jardín). Ello nos lleva a percibir el sistema solar como jardín, él se percibe como planta, la galaxia lo percibe como célula, y el Universo como átomo.

Via Lactea desde arriba

Por ello, desde el punto de vista del Ser Galáctico, más planetas fueron necesarios en cada una de sus células para que éste dejara de ser una mera sopa de células procariotas y se constituyera en organismo pluricelular. Así, todas aquellas chispas de la vida a las que llamamos estrellas necesitaron de como mínimo un planeta―el equivalente a su Mercurio―para que pudieran transformarse en célula procariotas estelares. Ese planeta también les permitió especializarse en cianobacterias estelares, lo cual les permitió fotosintetizar la luz que les llegaba del sol central de la Galaxia. Pero sin el equivalente a Venus, encapsulado su ADN en el interior de un núcleo, todas esas chispas de vida aún serían meras células procariotas estelares.

Con el material genético protegido en el interior del núcleo, se dio nacimiento a las células eucariotas estelares. Fue entonces que el planeta del amor (Venus) de cada sistema solar permitió que todas aquellas células eucariotas se agruparan en un sistema pluricelular al que denominamos galaxia. Así es como Venus encapsula el material genético en el núcleo al nivel celular, mientras que al nivel del organismo al cual dicha célula pertenece (la planta), su función es la de dotarlo de de la capacidad de multiplicarse a partir de la reproducción sexual. Y como planeta de la armonía, gracias a la reproducción sexual, la planta pudo evolucionar hasta convertirse en musgo o alga, organismo al que Venus fue dando forma a partir de su danza alrededor del Sol.

La Flor de Venus

La Flor de Venus

Mars_transparentDe Marte, la planta obtuvo la capacidad de constituir tejidos especiales para canalizar la savia que le llega de sus raíces, dando nacimiento a una planta vascular. Del planeta rojo también obtiene la tensegridad, el equilibrio de tensiones que le permite alzarse y mantenerse erecta. Mientras que al nivel celular, la energía marciana aporta la presión osmótica en el interior de cada célula para que la planta pueda alzarse hacia la luz de su siguiente estado evolutivo. Marte hace posible que la vegetación de nuestro planeta se alce buscando la luz del Sol; que la planta estelar que es nuestro sistema solar se alce buscando la luz del sol galáctico; y también dota de presión osmótica a la célula estelar, para que la planta galáctica se alce buscando la luz del sol central de nuestro universo. Sin la vibración del planeta rojo, ninguna de esas plantas hubieran pasado del estadio de musgo o alga. Él permitió que se convirtieran en helechos.

Autor: NASA/JPL-Caltech

Autor: NASA/JPL-Caltech

Del cinturón de asteroides, el helecho adquiere la habilidad de protegerse de sus depredadores. Los asteroides son como las espinas que cubren el tallo. El cinturón antes fue un planeta, pero llegó un depredador que impactó contra el mismo con tal fuerza que lo rompió en infinidad de pedazos. Así es como la planta formó sus espinas. Ello explicaría porque el cinturón de asteroides órbita a una distancia del Sol un 25% inferior a la que le correspondería según la ley de las octavas,3 como si resultado de ese antiguo impacto, no sólo se hubiera fragmentado el planeta original en millones de pedazos, sino que también hubiera desplazado su órbita para acercarse más hacia el Sol.

Cinturon_de_asteriodes

Autor: NASA/JPL

Autor: NASA/JPL

Júpiter simboliza la expansión de aquel que buscó convertiste en un segundo sol, pero se quedó como mayor planeta del sistema solar. La chispa de vida, transformada en célula procariota gracias a Mercurio, en eucariota gracias a Venus, y en planta vascular gracias a Marte, tiene en Júpiter aquel órgano que la dotó de la habilidad de producir una semilla. Como mayor planeta del sistema solar, Júpiter representa la expansión que nos permite llevar a cabo nuestras metas. Como semilla, simboliza el potencial por alcanzar. Sin Júpiter la planta no hubiera superado el estadio de helecho, planta vascular que todavía se reproduce y dispersa mediante esporas. Pero Júpiter la transformó en gimnosperma, en planta vascular con semilla.

Autor: NASA

Autor: NASA

Entonces llegó Saturno, quien la dotó de la estructura y solidez necesaria como para crecer y transformarse en un gran árbol. Sin él, aquellas primeras plantas con semilla no hubieran pasado nunca de ser pequeños arbustos, mientras que bajo su influencia evolucionaron para transformarse en abetos, cícadas o coníferas de tamaños cada vez más considerables.

Urano―por estar ubicado vibratoriamente una octava por encima de Venus, y por lo tanto resonar a una misma nota―aportó la explosión de creatividad, colores y formas que actualmente se identifican con el reino vegetal.

Neptuno se ocuparía de transformar la creación Uranian en un sueño de sensaciones. Constituyen sustancias que al ser absorbidas, nos acabarían alterando los sentidos y la percepción del entorno. Son plantas de poder que al ser consumidas, nos permiten interpretar la realidad desde otro punto de vista y que nos abren puertas hacia otras dimensiones.

Es por ello que no debemos ver a los planetas como partes aisladas, sino como componentes integrantes de un todo. Un equivalente lo tenemos en el átomo, el cual pertenece a un determinado elemento químico dependiendo del número de protones de su núcleo y el número equivalente de electrones que orbiten alrededor del mismo. Si este número es tan importante a la hora de identificar y definir el elemento químico del que se trata, resulta lógico esperar que lo mismo sucede al nivel de un sistema estelar. Quizás la relación no sea tal como os la he definido, y Mercurio no tenga nada que ver con el ADN, ni la semilla no evolucione a partir de la influencia jupiteriana. Aún así, el principio de correspondencia garantiza que “Tal como es arriba, es abajo”, implicando que de manera similar al átomo, existe una relación directa entre el número de planetas orbitando un astro central y las expresiones de vida que potencialmente se pueden desarrollar en ese sistema estelar.

La Flor

Analizada la planta, nos falta comprender cuál podría ser la función ejercida por la Tierra y la Luna. En la analogía sugerida, la Tierra sería la flor y la Luna su cáliz. De la misma manera que una flor sin cáliz acabaría por marchitarse y perder sus pétalos, un planeta sin luna no podría nunca llegar a generar una atmósfera que la convirtiera en flor para así garantizar el fenómeno de la vida orgánica. Sin atmósfera, no habría una redistribución de la energía solar que permitiera mantener los océanos en estado líquido. De haber agua, ésta sería escasa, estaría fría como el hielo o en forma de vapor. A la sombra del sol sería hielo, y a plena luz se evaporaría como gas, constituyendo un planeta de extremos. Por ello, la Tierra y la Luna son madres, pero no dos madres sino una sola. Son la flor con su cáliz, una flor que se abre al alba de cada nuevo día galáctico, para diseminar su fragancia por el jardín de la galaxia.

Flor por Pearson Scott Foresman. Imágenes de la Tierra y la Luna de NASA. Todas las imágenes son de Dominio Público.

Flor por Pearson Scott Foresman. Imágenes de la Tierra y la Luna de NASA. Todas las imágenes son de Dominio Público.

En esa flor nosotros, los seres humanos, somos su polen. Somos aquellos que viajarán por el espacio interestelar para así polinizar las flores de otras plantas del jardín. De ahí que nuestra responsabilidad sea justamente la de salvaguardar la vida de esta flor a la que llamamos planeta Tierra. Debemos salvaguardarla para permitir que evolucione, y que al alba de cada nuevo día podamos diseminarla entre las flores de otros sistemas estelares. Así es como la vida llegó hasta aquí, procedente de sistemas estelares como Sirio, o de constelaciones como las Pléyades. Esas formas de vida extraterrestres de las que procedemos politizaron ya en su momento esta flor, y ahora nos toca a nosotros polinizar otras flores del jardín, para así producir nuevos frutos.

En nuestro rincón de ese gran jardín está amaneciendo. Sus flores se están abriendo, para esparcir su fragancia a los seis vientos. Los granos de polen empiezan a partir a la búsqueda de otras flores a las que polinizar. Se los lleva el viento, o viajan en el cuerpo de naves nodrizas que como abejas interestelares se trasladan de flor en flor. Y ante esa situación, debemos preguntarnos: ¿estamos nosotros, los seres humanos, preparados para asumir nuestra responsabilidad? ¿dejaremos de destruir la vida misma que estamos obligados a preservar, para en vez de ello empezar a cuidarla? ¿lograremos que nuestro planeta se transforme en fruto? o por el contrario, ¿seguiremos contaminando a esta flor, hasta que su fragancia pierda todo el aroma, sus pétalos todo el colorido, y se nos marchite hasta caer muerta y seca?

En un jardín, no todas las plantas florecen, ni todas las flores acaban convertidas en fruto, ni todos los frutos logran que una de sus semillas germine dando nacimiento a nueva planta. Depende de nosotros que esta vez lo logremos.

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Notas a pie:

  1. En el antiguo Egipto, el escribano de los dioses era Thoth, a quien los griegos llamaron Hermes y los romanos Mercurio.
  2. Gracias al proceso de fotosíntesis, durante el día el reino vegetal absorbe el dióxido de carbono (CO2), asimilando y fijando el carbono como azúcares y emitiendo oxígeno como residuo, mientras que durante la noche empieza el proceso de oxidación, a partir del cual convierte ese oxígeno de nuevo en dióxido de carbono.
  3. Las distancias medias de las órbitas planetarias sigue una serie armónica definida por la ley de las octavas, llamada Ley de Bodes, en honor a Johann E. Bode. Así, si a la distancia media de cada planeta respecto al Sol, le restamos la distancia media entre el Sol y Mercurio, obtenemos una serie en la que cada sucesivo planeta está ubicado a una distancia aproximadamente el doble que el anterior
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Marc Torra
Marc_amb_dues_papallones

Marc procede de la comunidad de Urus (que en lengua indoeuropea significa “lugar del que emana el agua”) ubicada en los Pirineos, tierra de cátaros. Una vez licenciado, se fue al extranjero. Ello sucedía en 1995 y desde entonces ha vivido y trabajado un poco en cada continente.

A medida que vivía en otros países, Marc empezó a relacionarse con culturas y formas de pensar distintas, especialmente con aquéllos a los que él llama «gente de tierra». De ellos aprendió una forma diferente de razonar y también descubrió que el futuro del planeta depende de nuestra habilidad para aprender lo que tales culturas pueden aportar.

Como autor, escribe sobre espiritualidad y nuevas tendencias, géneros que cultiva y entremezcla haciendo uso de la narrativa y del ensayo. Diplomado por la tradición Satyananda Yoga, intenta comprender y experimentar por sí mismo, para así crear puentes de unión entre las distintas culturas, las distintas tradiciones espirituales del Mundo, así como un puente hacia el futuro.