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Un número de hombre

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Marc Torra

Imagen de la Bestia del Apocalipsis

«En el Apocalipsis según San Juan se habla de una Bestia, y se afirma que su número es el 666, el cual corresponde a un número de hombre. Pero ¿qué es el Apocalipsis, qué es la Bestia, por qué su número es el 666 y qué lo hace un número de hombre?»

Apocalipsis

AUNQUE son muchos los que vinculan el Apocalipsis con el fin del mundo, la palabra es de origen griego y significa simplemente ‘revelar’, ‘poner al descubierto’ o ‘quitar el velo’, es decir: darse cuenta de algo que ignorábamos. De ahí que si el apocalipsis marca el fin de algo, es únicamente el fin de un sueño que ha dominado nuestras vidas durante mucho tiempo, de hecho, durante cinco mil años.

El apocalipsis constituye una revelación no solo para quién lo escribió, sino también para todos nosotros. Revelación la de San Juan, quien desde la isla griega de Patmos, lugar en el que había sido exiliado por los romanos, vio en el año 71 d. C. lo que iba a acontecer. Y revelación también la nuestra, que en este periodo crucial parecemos empezar a abrir los ojos.

La Bestia

UNOS SE PREGUNTARÁN, y ¿quién es la Bestia de la que tanto nos habla San Juan en el último libro de la Biblia? En mi opinión la Bestia no es humana, ni tiene alma y, sin embargo, sí que es algo que ha adquirido existencia propia, algo que rige nuestras vidas, que se comporta como una Bestia, para destruir mucho de lo que toca y arremeter contra todo lo que contempla. Es una Bestia que no deja de crecer, para hacerse cada vez más monstruosa y a la que nadie puede dominar, ni tan siquiera aquellos que dejaron que creciera sin límites, pensando que siempre permanecería a su servicio. Es una Bestia que contamina las aguas de nuestros ríos y del mar, que deja nuestras tierras estériles y sin vida, que mata a millones cada año. Mata con el hambre, con el cáncer o con la avaricia, pero mata. En el libro del Apocalipsis sus calamidades nos vienen explicadas en los siete sellos del pergamino y que son:

  1. La tiranía,
  2. El conflicto,
  3. La escasez,
  4. La persecución,
  5. El dolor,
  6. Los cataclismos naturales,
  7. La destrucción de la naturaleza por los actos del ser humano, relatada a partir de las siete copas.

Esa Bestia que tanto dolor está causando no es más que un sistema basado en el crecimiento y en la codicia sin límites. Esa Bestia parece estar expresándose a partir del mercado, una institución que según sus ideólogos, como Adam Smith, iba a transmutar la codicia en un bien común. Y es que así lo creyeron aquellos que teorizaron que en la búsqueda del egoísmo, del todo para mí y nada para el otro, el «Dios Mercado» iba a ser capaz de transmutar el «pecado» en «virtud», para hacer del codicioso un virtuoso y de sus actos un ejemplo a seguir. Con ello dejamos de valorarnos por lo que hacíamos o contribuíamos a la sociedad humana y a la naturaleza y empezamos a hacerlo por lo que poseíamos, por lo que le quitábamos a esa sociedad y a la Tierra en la que moramos. Por ejemplo, es común en la prensa anglosajona leer frases del tipo: «tal persona, valorada en cinco mil millones de dólares» como si el valor de la persona equivaliera al valor de sus activos. Como si la riqueza material fuera el verdadero tesoro a buscar, y no la riqueza espiritual.

¿Y quién valora esos activos, sino el mercado, con su ley de la oferta y de la demanda? El mercado decide los que viven y los que mueren; los que triunfan y los que son derrotados. Es un mercado en el que todos quieren crecer más, apropiándose de un nuevo pedacito de lo que tiene el otro, para engordar como dinosaurios. Al principio era una lagartija, inofensiva, que ayudaba y cumplía su función. La gente del pueblo o de la comarca se reunía en la plaza, para intercambiar allí sus productos u ofrecer sus servicios. Era un lugar de encuentro, a raíz del cual fueron naciendo muchas de las actuales ciudades. Sin embargo, ahora la plaza tiene un muro, que divide la calle en dos: los de la calle principal (Main Street) y los de la calle del muro (Wall Street). Ya no es una plaza en la que corran los niños y se sienten a charlar los ancianos, sino una plaza en la que los más avariciosos se quedan prendados frente a la pantalla de un ordenador, venerando las cifras que por ella danzan, adoradas como revelaciones divinas.

Y, pese a ello, a la Bestia no solo la veneran los sacerdotes de la codicia, sino también un auténtico ejercito de fieles. La veneran aquellos que toman decisiones en una junta directiva, con el único propósito de crecer, expandir su cuota de mercado y maximizar los beneficios. Aquellos que, por así proceder, actúan sin consideración hacia el estado natural de equilibrio al que llamamos vida y hacia lo que la mantiene: el amor. La veneran los que, para alcanzar el éxito profesional, pagaron el precio del fracaso familiar y personal. La veneran los que se quedan exaltados frente a los objetos expuestos en los escaparates de las tiendas de lujo, con la mirada transpuesta frente al altar del deseo, buscando la posesión de todos aquellos ídolos, para darle un sentido a su vida, con la esperanza de alcanzar así la felicidad. ¿Qué otra puede ser la Bestia sino aquella que nos lleva a actuar de tal manera, sin corazón ni razón?

El seiscientos sesenta y seis

EL LIBRO DEL Apocalipsis menciona que el número de la Bestia es el seiscientos sesenta y seis, y dice que es un número de hombre. ¿Qué querrá decir con eso? Para ello debemos tener en cuenta que en aquella época se utilizaba la numeración romana y no la árabe, de ahí que en números romanos el 666 no sea otro que DCLXVI, es decir D(500)+C(100)+L(50)+X(10)+V(5)+I(1). Para constituir dicho número se han utilizado todos los símbolos de la numeración romana menos el M, el cual equivale a 1000. La séptima letra de la numeración romana, la M de mil o milenio, ya no la sumó pues ésta no es número de hombre sino número de Dios. No dice acaso el Pedro:

Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2 Pedro 3:8 Biblia Reina Valera)

Pero las restantes letras, resulta lógico que Juan las llamara números de hombre, y que las pusiera juntas para alcanzar un número que en cifras árabes se leería 666, pero a la que él se refirió siempre como “seiscientos sesenta y seis” ( DCLXVI).

Con ello, parece estarse refiriendo al acto de contar, de cuantificarlo todo. El mercado cuantifica, dándole un valor monetario a todo, incluso a la vida. En él se intercambian todo tipo de bienes y productos, pero sólo pueden intercambiarse si a estos se les a adscrito un valor, el cual se halla expresado monetariamente, es decir, cuantificado en términos de dinero. Por ello que en el mismo libro del Apocalipsis también se diga:

«Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre».

(Apocalipsis 13:16 y 17)

La Bestia busca que nada pueda comprarse o venderse, sin haber sido valorado monetariamente. Ella necesita seguir creciendo, y para ello precisa mercantilizar más y más nuestras vidas, ello es, que más y más relaciones humanas se establezcan a partir de transacciones que puedan ser valoradas monetariamente.

Tal lógica ya nos la expuso el senador Robert F. Kennedy, durante un discurso en la Universidad de Kansas, dado el 18 de marzo de 1968, tres meses antes de ser asesinado. Durante el mismo dijo:

«Demasiado y por demasiado tiempo, hemos subordinado la excelencia personal y los valores comunitarios a la mera acumulación de posesiones materiales. Nuestro Producto Nacional Bruto ya supera los 800.000 millones de dólares al año, pero dicho Producto Nacional Bruto, si juzgamos a los Estados Unidos de América a partir del mismo, dicho Producto Nacional Bruto cuenta la polución en el aire y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para sacar de nuestras autopistas los cuerpos mutilados. Cuenta los cerrojos especiales que ponemos en nuestras puertas y las cárceles para la gente que intentó forzarlos. Cuenta la destrucción de nuestros bosques de secuoya y la pérdida de nuestras maravillas bajo la expansión descontrolada. Cuenta el napalm y las ojivas nucleares y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios que se dan en nuestras ciudades. Cuentan el rifle del Sr. Whithman y el puñal del Sr. Speck, y los programas de televisión que glorifican la violencia para venderles así juguetes a nuestros hijos. 

Y sin embargo, ese mismo Producto Nacional Bruto no mide la salud de nuestros hijos, ni la calidad de la educación que reciben, ni el gozo que experimentan en sus juegos. No incluye la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de nuestros matrimonios, ni la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de aquellos que nos representan. No miden ni nuestro ingenio ni nuestra valentía, ni nuestra sabiduría ni lo aprendido, ni nuestra compasión ni la devoción a nuestro país. En pocas palabras, lo mide todo menos aquello que hace que valga la pena vivir».

Kennedy challenges Gross Domestic Product (GDP)

Mire este video en Youtube.

¿Hasta cuándo esta locura? ¿Hasta cuándo dejaremos que la Bestia siga engordando, dándole en sacrificio nuestra salud, nuestro bienestar y posiblemente el de nuestros hijos? Constituye una locura que nos afecta a todos, incluso a aquellos que creen estarse beneficiando de la misma, pues en un Universo en el que todo se basa en el principio de la reciprocidad o karma, nada le podemos hacer al otro que no nos lo estemos  también causando a nosotros mismos.

De ahí que cuando hablo de la Bestia, no me esté refiriendo a persona alguna, ni a clase social alguna, ni a grupo alguno, ni a nación alguna. Ya hace tiempo que la lógica que guía sus movimientos tomó vida propia, y ya nadie la controla. Es una lógica que se halla en el ADN del sistema actual y, en concreto, en los siguientes tres pilares:

  • Como primer pilar, la corporación, es decir, el haber concedido cuerpo y personalidad (capacidad de obrar) a entidades que no son humanas y que no poseen una fecha de defunción determinada. Ello llevó a que Elizabeth Warren, candidata al Senado de los EEUU, dijera recientemente: “Las corporaciones no son gente. La gente tiene corazón, tienen hijos, tienen empleos, se ponen enfermos, lloran, bailan. Ellos están vivos, aman y mueren. Y a todos los efectos, nosotros no dirigimos este país para las corporaciones sino para la gente.”
  • Como segundo pilar, la búsqueda de la maximización del beneficio financiero por parte de dichas corporaciones, la cual constituye una responsabilidad fiduciaria ante el accionista. Es decir, el equipo directivo de una empresa está obligado por ley a buscar maximizar sus ingresos y minimizar sus gastos, aunque ello se haga a costa del medio ambiente y de la sociedad;
  • En tercer lugar, la lógica del crecimiento, a la cual nos lleva la maximización del beneficio, en la que todos buscan crecer más y más, creando la ilusión de que es posible alcanzar el crecimiento ilimitado, en un planeta de recursos limitados.

Valores

PARA SOLUCIONAR EL problema, necesitamos primero cambiar los valores. Los nuevos valores deberían pues cimentarse en:

  • La armonía y el equilibrio, necesarios para lograr la estabilidad y la homeostasis social; en vez de buscar la expansión y crecimiento constantes
  • La solidaridad y la generosidad, centrados en dar y no en el acumular
  • La igualdad y la equidad, necesarias para alcanzar una sociedad madura, en la que todos nos sintamos copartícipes, en vez de definir relaciones de desigualdad, en las que el capital está por encima de las personas y unas personas por encima de las otras
  • La corresponsabilidad y la reciprocidad, asumiendo la responsabilidad compartida de nuestros actos conjuntos, en vez de diluirla tanto que al final nadie sea responsable de los perjuicios causados (equipo directivo), o limitando el riesgo al capital aportado (accionista)
  • La cooperación y la colaboración, para generar simbiosis y relaciones sinérgicas, imitando así a la naturaleza, en vez de competir, lo cual genera conflicto, desigualdad y entropía

A partir de los valores mencionados, podremos restablecer un antiguo paradigma económico, un paradigma ya no basado en el crecimiento desigual e irresponsable, sino en la homeostasis social y medioambiental (capacidad de mantenernos en armonía con el entorno y entre nosotros mismos). Para ello necesitamos un sistema que:

  • No busque el centralismo jerárquico (atributo masculino), sino la creación de redes descentralizadas (atributo femenino);
  • No incite a la expansión y al crecimiento (atributos dinámicos), sino a la búsqueda de la estabilidad y de la homeostasis (atributos estáticos);
  • No cree organizaciones permanentes (entidades cuyo ciclo de vida es indefinido y por lo tanto se presupone ilimitado), sino que se centre en la figura del proyecto. Un proyecto busca la consecución de un determinado fin para, una vez alcanzado, desintegrarse. De ahí que la única institución que debe pretender alcanzar una cierta permanencia deben ser las comunidades humanas, con sus aldeas, pueblos y ciudades. Y tal permanencia solo será posible si la comunidad da a la tierra en la que se afinca más de lo que le quita;
  • No se rija por el poder de voto del capital (capacidad de decisión ostentada en proporción al capital poseído), como sucede en el caso de las sociedades anónimas; sino que se base en el poder de voto de las personas (cada persona un voto), como hacen las cooperativas y las asociaciones;
  • No se cimiente en sistemas de representación (democracia indirecta), sino en la posibilidad de involucrarnos directamente en la toma de decisiones (democracia directa) y a ser posible, que tome las decisiones a partir del consenso;
  • Y finalmente, las redes, temporales, centradas en las personas, que deciden de una forma directa en un entorno que busca la estabilidad, no deben perseguir maximizar el beneficio financiero (responsabilidad fiduciaria hacia el accionista), sino maximizar el beneficio social y medioambiental (responsabilidad fiduciaria ante la sociedad en su conjunto).

En mi opinión, tomadas dichas medidas lograríamos expulsar a la Bestia como mínimo durante mil años. El futuro del planeta está en juego y sin embargo, sé que podemos. Y también sé que para lograrlo debemos hacerlo de una forma conjunta, sin pensar que unos son los buenos y los otros los malos. Todos estamos siendo sus víctimas, tanto los que reconocieron sus engaños, como los que aún viven engañados; tanto los que son pisoteados por sus pezuñas como los que, sentados sobre su cabeza, la alimentan con sus manos.

Internet

HAY QUIENES PIENSAN que el número de la Bestia se está refiriendo a Internet, argumentando que el  666 se corresponde a VIVIVI, es decir a WWW o a la World Wide Web. Sin embargo, en el Apocalipsis no se afirma que el número de la Bestia sea el 666, escrito en numerales árabes, ni el seis seis seis, el cual podría traducirse como VI VI VI, sino el seiscientos sesenta y seis, cifra que en números romanos es DCLXVI. Y es que los números romanos no son como los árabes, en los que una cifra puede ocupar cualquier posición y seguir constituyendo un número. En los números romanos las letras numéricas deben mantener su orden, posición y regla, para que el número tenga sentido (ej. IDVL no es ningún numero, pese a estar constituido por numerales romanos).

Sigamos pues matizando, explicando a partir de un mito la relación existente entre Internet y el mercado. Es un mito de los dioses del Olimpo, como se hacía en la mitología grecorromana y como también hicieron muchos otros pueblos, que acudieron a la mitología para narrar los hechos que forjaron sus culturas de manera que pudieran ser comprendidos por la mayoría. La epopeya cuenta cómo hace aproximadamente cinco siglos dos divinidades menores del Olimpo empezaron a adquirir preponderancia. Ellos eran la Diosa Ciencia y él el Dios Mercado. Entonces, hace un par de siglos se unieron en matrimonio y adoptaron a una hija, a la que llamaron Diosa Tecnología. Internet no es más que la obra maestra de esa Diosa Tecnología.

El problema actual es que el Dios Mercado domina tanto a la madre como a la hija. A la madre la domina pues nada es investigado por la Ciencia sin la promesa de un beneficio comercial, es decir, sin que eso investigado pueda patentarse y explotarse. Y aquellos que investigan al margen del Mercado, se encuentran alienados, sin apenas recursos y sin medios para promover sus hallazgos. Por consiguiente, los descubrimientos que no favorecen al Mercado, son sistemáticamente suprimidos, sea patentándolos para enterrarlos si se puede, o prohibiéndolos cuando no sean patentables. Un ejemplo de lo primero son los diversos métodos existentes para generar energía libre, los cuales fueron patentados a medida que eran descubiertos, para ser enterrados. Un ejemplo de lo segundo son los huesos de albaricoque, los cuales contienen una gran cantidad de vitamina B17 y que ayuda a la prevención del cáncer. Estos fueron prohibidos por la Food & Drug Administration (FDA) por ofrecer una cura alternativa, no patentable y al alcance de todos, para combatir una enfermedad que genera anualmente millones de dólares en beneficios.

Y con la tecnología sucede lo mismo. Se investigan aquellas tecnologías que puedan traducirse en una oportunidad comercial, independientemente de que sean perjudiciales o no a la salud pública, y se suprimen las que atentan contra el principio del beneficio. Y es que la tecnología es dual, como todo, y puede ser utilizada para ayudar o para perjudicar. Desde el primer objeto tecnológico que fue la piedra escarpada para ser utilizada a modo de cuchillo, ha expresado esa dualidad. Recordemos cómo el mismo bisturí que salva una vida también la quita, dependiendo de las intenciones de aquel que lo maneje.

Por ello, si dejamos que cuatro corporaciones dominen Internet, como pasa ya con los medios de comunicación tradicionales, entonces no solo le estaremos dando al mercado la capacidad de decidir qué información nos llega, para así ir moldeando nuestra percepción de la realidad, sino que también sabrá lo que pensamos, lo que deseamos y cómo actuamos. Estaremos pues cumpliendo aquello que George Orwell profetizó en su libro 1984, en el que el Gran Hermano (mercado) todo lo sabe y todo lo gestiona. Habremos dotado a la Bestia de inteligencia artificial, para que nos encadene a todos, pues no serán personas las que estarán detrás de la misma, tomando decisiones que nos afecten, sino puros ordenadores.

Y sin embargo, el mismo Internet puede ayudarnos a crear redes descentralizadas, que busquen la estabilidad y la homeostasis, que permitan canalizar proyectos temporales, gestionados por comunidades geográficas permanentes, que se rijan por el poder de voto de las personas, dotándonos de sistemas de representación directa, en el que muchas veces se puedan tomar las decisiones por consenso, para la maximización del beneficio social y medioambiental. De manera que así como el Internet de las corporaciones nos va a encadenar, el Internet de las comunidades debe permitirnos alcanzar todo eso y mucho más.

 2012, Marc Torra para mastay.info

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Marc Torra
Marc_amb_dues_papallones

Marc procede de la comunidad de Urus (que en lengua indoeuropea significa “lugar del que emana el agua”) ubicada en los Pirineos, tierra de cátaros. Una vez licenciado, se fue al extranjero. Ello sucedía en 1995 y desde entonces ha vivido y trabajado un poco en cada continente.

A medida que vivía en otros países, Marc empezó a relacionarse con culturas y formas de pensar distintas, especialmente con aquéllos a los que él llama «gente de tierra». De ellos aprendió una forma diferente de razonar y también descubrió que el futuro del planeta depende de nuestra habilidad para aprender lo que tales culturas pueden aportar.

Como autor, escribe sobre espiritualidad y nuevas tendencias, géneros que cultiva y entremezcla haciendo uso de la narrativa y del ensayo. Diplomado por la tradición Satyananda Yoga, intenta comprender y experimentar por sí mismo, para así crear puentes de unión entre las distintas culturas, las distintas tradiciones espirituales del Mundo, así como un puente hacia el futuro.