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Mandala de la Lluvia

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El primer mandala

YO SABÍA QUE las kuyas también podían utilizarse para afectar los elementos, como por ejemplo: apaciguar un volcán, atraer la lluvia o levantar el viento. Ello resultaba lógico si tenemos en cuenta que éstas emanan justamente de la combinación de los cuatro elementos: Tierra, Agua, Fuego y Aire.

Por ello, mi esperanza era que algún día se me comunicaría el mandala para atraer la lluvia. De todos los mandalas vinculados a los elementos, consideraba al de la lluvia el más importante, dado que sin ella las cosechas no producen, causando la escasez de alimento. Sin embargo, nunca pensé que tal mandala me fuera a ser dado de la forma en que se me reveló. Creía que durante un ritual, mostraría las diecisiete kuyas a un pedidor de la lluvia, como el tlalmaquetl nahual que cada 25 de abril, día de San Marcos, la pide en el pueblo de San Pedro Petlacala (México), y que éste me revelaría el mandala de la lluvia como regalo de mi santo (por llamarme yo Marc, es decir Marcos en Catalán).

La sorpresa me llegó cuando el mandala me fue dado un 8 de junio del 2012, en Teotihuacan, una antigua ciudad que tiene como principales deidades a Quetzalcoatl (Serpiente Emplumada), y a Tláloc (dios de la lluvia). Pero eso, cuando me fue comunicado el mandala, yo aun no lo sabía. Veamos pues cómo sucedió.

En la Puerta de Amatlán

CINCO DÍAS ANTES de aquel 8 de junio me encontraba durmiendo en un tipi en la Puerta de Amatlán de Quetzalcoatl (Morelos, México). A media noche me desperté y sin saber el porque, salí precipitadamente del tipi. Al mirar hacia el sur pude contemplar la Luna vestida con una aureola mágica que la dotaba de un aire místico. “Algo especial está a punto de suceder”,pensé. Después de observarla unos minutos regresé al tipi para seguir durmiendo.

Al poco rato volví a sentir la necesidad de salir. Al contemplar la Luna, ésta apenas se había desplazado unos grados, por lo que no debía haber pasado más de una hora desde que la viera vestida con sus ropajes mágicos. Y sin embargo, ahora estaba desnuda. De hecho, no solo la aureola había desaparecido, sino que además le habían pegado un mordisco.

― ¡Un eclipse lunar!― exclamé.

Me había olvidado que aquella noche del 3 de junio del 2012 estaba previsto un eclipse lunar. Tuve muy presente el eclipse angular de Sol del 20 de mayo, dado que éste se daba justo cuando el Sol cruzaba las Pléyades, el punto cero de la eclíptica Maya, según me habían comunicado los expertos. Normalmente los eclipses de Sol vienen seguidos por un eclipse de Luna dos semanas después y sin embargo, a aquel segundo eclipse no le había prestado la menor atención. Supongo que estaba demasiado ocupado preparándome para el tránsito de Venus, previsto dos días más tarde, como para andar pensando en ese eclipse.

Llevaba tres días metido en el tipi ayunando y pasando la mayor parte del día meditando en preparación para el tránsito. Éste lo iba a vivir desde Teotihuacan, el lugar donde los hombres se vuelven dioses. En el transcurso de esos tres días me acerqué en varias ocasiones al amate (Ficus glabrata), el árbol sagrado del lugar, para pedirle cariñosamente que por favor abriera la ‘Puerta’.

Un mes antes, justo en ese mismo lugar sagrado, tuvimos una ceremonia en la que hubo danzas concheras, rituales e invocaciones. En esa ocasión fuimos unos cuarenta, y a mi me tocó alzar el círculo del mastay con las kuyas para ayudar a traer paz y armonía al mundo. Don Aurelio, guardián de Amatlán, fue el encargado de hacer la pertinente apertura. Para ello invocó a las siete direcciones sagradas, es decir, las cuatro cardinales, a la Madre Tierra abajo, a Ometeotl arriba, y a la dirección interior. Entonces nos comentó que cuando entráramos en el nuevo Sol, en la nueva Era que estábamos a punto de iniciar, la ‘Puerta’ interdimensional ante la cual estábamos realizando la ceremonia se abriría, y de ella saldría todo lo bueno que está por venir. El amate, nos comentó, hacía de bisagra, de guardián de la puerta interdimensional. Con ese recuerdo aun fresco en la mente me pasé tres días implorándole al amate que abriera la puerta, para que todo lo bueno saliera ya de una vez.

En Teotihuacan

AL DÍA SIGUIENTE, lunes, tomé una pecera temprana, es decir una camioneta convertida en minibús, que me llevó a Tepozlán. De ahí agarré un camión (autocar) hacia la capital, otro hacia San Juan de Teotihuacan, y una nueva pecera hacia Santiago, un pequeño pueblo construido literalmente sobre las ruinas aun no excavadas de Teotihuacan. En Santiago iba a pasar los siguientes cinco días; los dos primeros en una ceremonia (tlalmanalli) que se iba a llevar a cabo en el mismo lugar en el que me hospedaba y los siguientes tres,visitando el centro arqueológico de Teotihuacan, lugar en el que asistiría a una segunda ceremonia.

 La primera ceremonia fue oficiada por Emma y Álvaro, los dos guardianes de Teotihuacan. La noche del transito la pasamos velando el fuego y de madrugada llevamos a cabo varios rituales para agradecer a Venus (Quetzalcoatl) su tránsito frente al Sol (Tōnatiuh).

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A las diez de la mañana del día siguiente partí hacia el centro arqueológico para llevar a cabo una segunda ceremonia, pero esta vez con un grupo distinto. De hecho, aquella era la ceremonia por la cual me había estado preparando durante tantos días. Ésta iba a tener lugar en el centro de la ciudadela, al lado de la Pirámide de Quetzalcoatl, justamente el día en el que, según las profecías, estaba previsto su regreso.

Los asistentes nos encontramos en el interior de la puerta número uno de acceso al complejo arqueológico. Nadie iba vestido con ropas ceremoniales, ni llevábamos incienso o instrumento musical alguno, ni entramos en grupo, pues de haber sospechado los guardas que íbamos a llevar a cabo un ritual, no nos hubieran dejado acceder al recinto (cómo le sucedió al otro grupo con el que había pasado los anteriores dos días en ceremonia).

Es una pena que en los antiguos templos y lugares de culto ya no se puedan practicar los rituales tradicionales de esa tierra, y por los cuales éstos fueron alzados. Es como si 500 años en el futuro a los cristianos no se les dejara entrar en las iglesias para practicar su fe, y sin embargo éstas fueran visitadas a diario por hordas de turistas para los que incluso se organizan espectáculos nocturnos con luces, tal como sucede en Teotihuacan.

Aquella segunda ceremonia iba a ser oficiada por Don Juanito, uno de los guardianes del Popocatépetl, volcán sagrado que por aquel entonces estaba mostrando bastantes indicios de actividad. Una vez congregado el grupo, en la explanada que queda justo en la parte interior de la puerta de acceso número uno, nos encaminamos hacia la ciudadela.

Al cruzar la calzada de los muertos y llegar a las escalinatas, le comenté a Don Juanito como casi podía ver a diez mil personas distribuidas por el estadio de la ciudadela, con el sumo sacerdote en la plataforma central llevando a cabo algún rito especial. Era como si ya hubiera estado allí en el pasado y ese fuera el recuerdo que tenía del lugar.

Él me contestó que justamente era en aquella plataforma central en la que íbamos a llevar a cabo nuestra ceremonia, pues, de todos los lugares de Teotihuacan, era el de mayor poder.

Curiosamente también era uno de los menos frecuentados, por lo que pudimos estar solos la mayoría del tiempo. En total éramos veintiuno, a lo que Don Juanito pidió que una pareja ocupara el centro, en representación al aspecto masculino y femenino de la divinidad (Ometeotl), mientras que el resto creábamos un círculo.

Le pedí a Don Juanito si en el centro podíamos depositar aquellas reliquias, talismanes u otros objetos que para nosotros representaran a la Divinidad. Él dijo que por supuesto. Dado que en la entrada inspeccionaban las bolsas a la búsqueda de cualquier objeto ceremonial, nadie había traído nada, y sin embargo yo llevaba las kuyas conmigo, por lo que en el mismísimo centro de la plataforma central alcé el círculo del Mastay. Entonces a ambos lados del mismo se ubicó la pareja en representación de Ometeotl.

Establecido el círculo y al contar de nuevo, ya no éramos veintiuno sino veintidós, la pareja del centro y el círculo de veinte. Fue entonces cuando Don Juanito notó que una chica que por allí merodeaba se había unido espontáneamente al círculo.

―¿Tu no llegaste con nosotros, verdad?―preguntó.

A lo que la chica respondió que no, con aquella expresión en el rostro de haber sido descubierta y de preguntar si había hecho mal.

―¡Perfecto!―exclamó Don Junaito.―Nada sucede por casualidad. Tu has venido para completar el círculo de veinte, y por ello tu nombre será “Veinte Lluvia”. Éste es un lugar de poder, en el que se puede sembrar un nombre, y estamos llevando a cabo un ritual muy especial. De manera que si me lo permites, voy a sembrar tu nombre como “Veinte Lluvia”.

En ese momento entendí que ‘veinte’ le había sido dado por ser ella la que completaba el glifo veinte del calendario Anawak de 20 trecenas, pero “¿porqué le habrá dado el nombre de lluvia si según la tradición mexica (azteca) ‘lluvia’ corresponde al glifo diecinueve, mientras que el veinte es ‘flor’?”

Bueno, allí se quedó la pregunta, pues Don Juanito estaba hablando de nuevo, dirigiéndose esta vez al hombre que representaba el aspecto masculino de Ometeotl.

―Éste es el lugar de mayor poder de Teotihuacan―pasó a contarnos Don Juanito.―En él se reunían cada año, durante el paso cenital del Sol, los dos sumos sacerdotes, aquel que representaba al ave (Quetzal) y el que representaba a la serpiente (Coatl), para intercambiar oficios.

Entonces dirigiéndose al aspecto masculino de Ometeotl, le preguntó:

―El nombre verdadero de Teotihuacan no es el de “lugar en el que los hombres se vuelven dioses”, sino que posee otro. ¿Nos lo puedes revelar?

Aquel que estaba representando a la expresión masculina de Ometeotl, la Divinidad, era un individuo de rostro afable y complexión fuerte. Debía medir casi un par de metros. Con todo su tamaño y profundidad de voz alzó las manos al cielo y con mucha solemnidad se puso a hablar en lengua nahuatl. Al poco nos tradujo aquello que le había sido revelado.

―Originalmente se le llamó “el lugar de descenso de los dioses”.

Más tarde, cuando nos encontrábamos frente al templo de Quetzalcoatl, le pregunté a qué se refirió con aquello de “Lugar de Descenso de los Dioses” a lo que él me comentó que antes del Diluvio, en aquel punto exacto habían descendido seres de origen extraterrestre, los cuales fueron tomados por dioses, y que ellos habían sido los responsables de la construcción de Teotihuacan.

Entonces le tocó el turno a la expresión femenina de la divinidad. Ella era pequeñita, de cabello dorado y dos colas estilo vikingo que le colgaban de ambos lados. Cuando le tocó su turno, cayó como en un estado de trance y se puso a dar vueltas alrededor del círculo mientras iba musitando palabras incomprensibles, cuyo idioma tampoco hubiera sabido reconocer. Entonces se paró ante tres de nosotros para llevar a cabo un ritual más elaborado. Posteriormente se dirigió hacia una de las chicas del grupo, y arrodillándose empezó a pedirle perdón. Al observarlas, era evidente que esta otra chica también había entrado en trance. Como reacción reflexiva, las dos personas que estaban a su lado tomaron a la segunda chica por el antebrazo para evitar que se cayera.

Mientras sucedía todo esto, Don Juanito me preguntó:

―¿Cómo se llaman los objetos que has depositado en el centro?

―Kuyas― le dije.

Entonces dirigiéndose ya a todo el grupo, dijo:

―Los espíritus guardianes de este lugar me acaban de comunicar que las kuyas son sagradas. Me dicen que Marc tiene la responsabilidad de viajar por el mundo para darlas a conocer, que él es un tlamatini, un portador de lo sagrado y guardián del conocimiento. Y nos están pidiendo que llevemos a cabo un ritual con ellas para consagrarlas.

Acto seguido pidió a “Veinte Lluvia” que se dirigiera hacia el centro, y que postrándose de rodillas depositara su frente sobre la kuya central. Seguidamente me pidió que tomara agua de una botella que también había estado ocupando la posición central todo el rato, y que la vertiera sobre su nuca. Y así lo hice.

Acabado esa especie de bautizo, alguien se acercó a mi y me dijo:

Quetzalcoatl te llama,―dirigiendo la mirada hacia la chica del círculo que minutos antes había entrado en trance y a los pies de la cual la expresión femenina de Ometeotl había pedido perdón.

“¡Ahora comprendo!” pensé. Se nos había anunciado que durante aquella ceremonia Quetzalcoatl iba a estar presente.  La información se nos había conferido el 27 de mayo, durante otra canalización. Yo tenía previsto partir al día siguiente, 28 de mayo, hacia Barcelona, para visitar a mi familia, a quiénes hacía cuatro años que no veía. Tenía ya el boleto de avión comprado, y faltaban poco más de doce horas para mi partida. Fue entonces, cuando durante esa canalización llevada a cabo al lado del bosque sagrado de Chapultepec, se me pidió que me quedará, que debía estar presente durante la ceremonia del 6 de junio.

―¿Pero y mi familia? ¡Hace cuatro años que no los veo!―exclamé en ese momento.

―Suéltalos―dijo Regina, la entidad que estaban canalizando por turnos dos de las personas presentes, siendo una de ellas la misma chica que días más tarde canalizaría a Quetzalcoatl en Teotihuacan.―Ellos comprenderán, pero debes dejarlos ir. Aunque vienes de lejos, eres un guerrero mexica. Has pedido el poder de ayudar a que las cosas cambien, pero ese poder viene con responsabilidades las cuales debes cumplir.

Ese día se nos comunicó que Quetzalcoatl iba a estar presente en Teotihuacan durante la ceremonia del tránsito de Venus del seis de junio y por ello que era tan importante que estuviéramos presentes. Yo creía que éste iba a manifestarse en carne y hueso, y eso me tenía un poco preocupado. “Si alguien viene y dice ser la reencarnación de la Serpiente Emplumada, dos cosas pueden suceder” ,pensaba, “que lo tomen por loco, o si en verdad se le empieza a reconocer como tal, lo más seguro es que lo maten, pues no creo que aquellos que han ostentado el poder durante tanto tiempo estén dispuestos a que profeta alguno les quite sus privilegios.”

―Me tranquiliza ver que la profecía que anunciaba el retorno de Quetzalcoatl coincidiendo con el tránsito de Venus no se refiere a su retorno en carne y hueso, sino al retorno de la energía Crística― dije a Don Juanito.

―¡Claro!―exclamó―, de haber sido en carne y hueso, no le hubieran dejado hacer nada.

Los hilos se estaban pues moviendo desde otros planos de consciencia. Y es que cuando una confrontación entre la luz y las tinieblas pasa a manifestarse a nivel físico, significa que la batalla ya antes fue ganada por uno de los bandos en los planos más sutiles. En ese momento tuve el convencimiento de que en estos otros planos la batalla ya había sido ganada por la luz, y que desde esos niveles nos estaban guiando los maestros para que ahora toda esa luz pudiera seguir descendiendo, hasta alcanzar el plano físico de la materia.

Nos fuimos colocando en fila, y para cada uno Quetzalcoatl tuvo unas palabras. Lo más curioso es que en todo ese rato no se asomó ni un solo guarda, todo y que resultaba obvio y visible a distancia que sobre la plataforma central de la ciudadela veintidós personas llevaban más de una hora en ceremonia y a plena luz del mediodía.

Me sentí un poco como aquellos primeros cristianos que tuvimos que escondernos en las catacumbas de Roma para llevar a cabo nuestros rituales, hasta que un día pudimos salir de las mismas por haber convertido a Roma a la fe. Aquí no se trataba de convertir a nadie, pues yo soy el primero que considera la religión como “espiritualidad organizada”, y no necesito que nadie me la organice. Y sin embargo, si se trataba de recuperar las tradiciones espirituales y religiosas de aquella tierra, no para competir con el mensaje de Cristo que trajeron los descendientes de aquellos romanos convertidos, pero si para complementarlo. Complementarlo de la misma forma que la Virgen de Guadalupe es una virgen cristiana al tiempo que también es Tonantzin Tali, la Madre Tierra. Y es que con tanto hablar del aspecto masculino de la divinidad, del Padre en los Cielos, parece que muchos se olvidaron de su aspecto femenino, de la Madre en la Tierra.

El siete de junio

AL DÍA SIGUIENTE volví a visitar Teotihuacan. Esta vez iba solo. Accedí al recinto, así que abrieron. En el mapa colgado de la puerta del despacho del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) observé que la calzada de los muertos se asemejaba a una columna vertebral, como si de una verdadera “Escalera de Jacob” se tratara.

Después de observar tal hecho, con los pies descalzos en señal de respeto y para poder conectar mejor con la energía del lugar, me dirigí al principio de la calzada. Descendí por las escalinatas para acceder al primer estadio. Y así fui recorriendo los restantes, muy despacio y en paso solemne.

Cada vez que accedía al siguiente estadio, me concentraba en el centro energético o chakra siguiente  y con la atención puesta en ese punto recorría aquella parte de la calzada hasta alcanzar el siguiente. Mientras así caminaba, me imaginé como si formaba parte de una procesión, en la que todos íbamos avanzando a paso lento, con los sacerdotes a ambos lados de la calzada ocupando sus posiciones sobre las distintas plataformas. La multitud nos observaba.

Al llegar a la pirámide de la Luna me imaginé que esta representaba el centro energético de la coronilla, y que sobre la misma se llevaban a cabo los rituales para que la energía sutil descendiera del cosmos e impregnara la Tierra así como a aquellas personas que habían acudido en peregrinaje a aquel lugar especial.

“Calzada de los Muertos. ¡Qué nombre más poco apropiado!” pensé. Era como si aquellos que llegaron siglos más tarde se lo hubieran dado para relacionar los actos llevados a cabo en aquel lugar con algo fúnebre y tenebroso. Y sin embargo, a mi me parecía que estaba recorriendo la columna vertebral del lugar, por la que ascendía la energía para culminar en aquel punto de emisión y recepción al que llamaban la pirámide de la Luna. “Tampoco creo que esa pirámide tuviera nada que ver con la Luna, sino más bien con el chakra de la coronilla” pensé.

Esos mismos que llegaron cinco siglos atrás rodearon Teotihuacan de pueblos con nombre de santo, como San Martin, San José, San Lorenzo, San Sebastián, San Juan o Purificación, como si al ver aquellas ruinas, sin intentar ni tan siquiera comprenderlas, las hubieran tildado de endemoniadas. Por suerte, conscientes de lo que iba a suceder, la Pirámide de Quetzalcoatl fue soterrada bajo una estructura de losas lisas sin ningún tipo de ornamentación, o de lo contrario no hubiera perdurado hasta nuestros días. En 1920 que ésta fue descubierta, y las losas destapadas. Por entonces, a las imágenes de serpientes aladas ya no se las descuartizaba a martillazos.

El ocho de junio

AL DÍA SIGUIENTE me tocaba visitar la pirámide del Sol. Mi objetivo era ascender a la misma para ver la salida del astro desde ella. Una vez abiertas las puertas de acceso al recinto, me dirigí casi corriendo hacia la pirámide. Me postré ante la escalinata en señal de respeto, escondí mis sandalias detrás de un letrero, y empecé a ascender.

Al llegar a la cima debían ser las siete y cuarto. El Sol ya resultaba claramente visible en el horizonte, mientras sus rayos iban disipando la neblina acumulada en el transcurso de la noche. Fue verdaderamente un momento mágico, y debía aprovecharlo. Con un poco de suerte podría estar solo una hora, antes de que empezaran a llegar los visitantes.

Me ubiqué en el mismísimo centro de la parte superior de la pirámide, y saludé a las cuatro direcciones cardinales, después al Cielo, a la Tierra, a la dirección interior, y me senté para alzar el círculo del Mastay. Una vez alzado, invoqué a los espíritus guardianes de lugar, para que vinieran y me hicieran compañía en ese momento tan especial.

Al momento empezaron a llegar unas palomas. Legué a contar un total de trece, doce grises y una de ellas blanca. Entonces supe que los guardianes del lugar habían respondido a mi llamada. Inicié una meditación y las palomas estuvieron todo el rato merodeando a mi alrededor.

Noté un pequeño orificio, casi en el centro de la piedra central de la pirámide, con algo plateado al fondo. Lo llené de agua, la cual bendije, y deposité mi frente sobre el mismo, buscando que de esa forma la pirámide me comunicara aquello que tenía por contar. Percibí que ésta guardaba algo, que no era una estructura de pura piedra, y que algún día se nos revelaría el punto de acceso hacia su interior. Me santigüé con el agua del pequeño orificio, e inicié mi camino de descenso. Me crucé con los segundos visitantes de aquella mañana, una pareja que parecía estar completamente absorta en su relación, mientras yo lo estaba en la relación que estaba intentando establecer con aquel lugar sagrado.

Al llegar abajo, recogí las sandalias que había dejado escondidas y sin tener muy claro hacia dónde dirigirme, emprendí mi camino de retorno en dirección a la puerta de entrada. Al poco de arrancar el paso, me empezó a venir a la mente el mandala de las kuyas para atraer la lluvia.

Pensé en parar, para ir alzando el mandala a medida que me venía a la mente, y sin embargo me resistí. Decidí que no lo alzaría hasta que no lo tuviera completo en la memoria. Absorto en esos pensamientos, de repente me encontré frente a la plataforma central de la ciudadela. Al verla, me di cuenta que acababa de unir mentalmente todas las piezas del rompecabezas. Así fue como, en punto exacto en el que dos días antes las kuyas habían sido consagradas siguiendo el ritual que le fue comunicado a Don Juanito por los espíritus guardianes del lugar, alcé por primera vez el mandala de la lluvia.

Primero coloqué todas las 17 kuyas en sus respectivas posiciones de partida. En la dirección del Sol ubiqué las cuatro kuyas de fuego dominante. En la posición contraria, las cuatro de tierra dominante. En las dos restantes direcciones cardinales ubiqué las cuatro kuyas de agua y todas las de aire excepto la de la lluvia, la cual ubiqué junto a la kuya central, pues parecía lógico que si se trataba de atraer la lluvia, la kuya que llevaba su nombre debía jugar un papel preponderante en el mandala.

Una vez en la posición de partida, llamé al vapor, ubicándo su kuya al lado de la del fuego pero en dirección hacia la lluvia. La idea era permitir que el fuego calentara el agua transformándola así en vapor. Seguidamente llamé a las nubes, depositando su kuya entre el vapor y la lluvia. Con ello buscaba que el vapor se condensara en nube.

Así logré conectar el fuego con la lluvia. A continuación coloqué la kuya del manantial, dado que la lluvia, una vez caída, alimentará los manantiales de la tierra. Y entre la kuya de manantial y la de agua ubiqué la del río, dado que esos manantiales alimentarán a su vez los ríos, los cuales desembocarán en el mar (agua).

Fuego y agua quedaban así conectados por medio de dos líneas, una que expresaba las causas de la lluvia y otra que nos informaba sobre sus efectos.

Media hora más tarde, cuando ya me disponía a salir del recinto, sentí la necesidad de visitar el museo que hay en la puerta de entrada número uno. Allí aprendí que Teotihuacan había estado dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia. Y unos días más tarde, se me confirmó algo que ya intuía, y era que Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, también había jugado un papel preponderante en la sociedad Teotihuacana. Con el colapso de dicha sociedad, ambas deidades pasaron a Tula, y de Tula el culto se esparció entre los restantes pueblos nahuas.

También aprendí que Quetzalcoatl estaba vinculado al agua celeste, mientras que Tláloc lo estaba al agua terrestre. Entonces comprendí que el primer trazado del mandala, aquel que iba de fuego (calor del Sol) a la lluvia, estaba vinculado a Quetzalcoatl, y el segundo, que iba de la lluvia al agua (océano) lo estaba con Tláloc.

Pero todo eso no lo descubriría hasta al cabo de unos días, cuando una vez en la capital me compré un pequeño libro titulado “Quetzalcoatl, Serpiente Emplumada” de Román Piña Chan2. El mandala se me había comunicado cuando aun ignoraba incluso los datos más básicos sobre el lugar, como por ejemplo las deidades a los que estaba dedicado. Y sin embargo, una vez descubierto el mandala, todo parecía encajar como un verdadero rompecabezas.

Para la primera pieza del rompecabezas no tuve que esperar ni media hora, tiempo que me llevó llegar al museo de Tláloc para descubrir que él había sido una de las dos deidades principales del lugar. La pieza se me comunicó apenas unos minutos después de alzar el mandala por primera vez. Cuando ascendía por las escalinatas, para ya alejarme de la ciudadela, escuché cómo un vendedor de souvenirs le mostraba a un visitante las plataformas que bordean la ciudadela, mientras le explicaba cómo en ellas se ubicaban los sacerdotes durante los ritos.

“¡Las plataformas que rodean la ciudadela!” pensé. “¿Será ésta otra señal? ¿Cuántas hay?” Conté cuatro en cada uno de los tres lados que me resultaban visibles desde la posición en la que me encontraba, pero no pude ver cuántas de ellas había en la parte de la ciudadela que quedaba escondida detrás de la Pirámide de Quetzalcoatl. Entonces decidí ir a la puerta del despacho del INAH, en la que recordaba había un plano del complejo arqueológico. Al ver la imagen, me percaté que habían tres plataformas detrás de la pirámide, y sin embargo en ese plano no figuraba una segunda plataforma que recordaba quedaba cerca de la central. La imagen más exacta la obtuve esa tarde, cuando desde un Internet café del pueblo consulté Google Maps. Entonces tuve la confirmación de que la posición de partida de las kuyas constituía una réplica exacta de la ciudadela.

 

Fue entonces cuando decidí entrar en el pequeño museo dedicado a Tláloc que había frente al despacho del INAH. Como ya comenté anteriormente, en aquel momento mi ignorancia sobre el lugar era tal que no sabía ni quien era Tláloc. De hecho, sigo ignorando mucho y es por ello que no pretendo ser un experto en todo lo que escribo. Es como si lo que escribiera fuera más recordado que aprendido.

Al percatarme de que Tláloc era tanto el Dios de la Lluvia como una de las dos deidades principales del lugar, comprendí la razón por la cual el mandala se me había comunicado justo en Teotihuacan. Al parecer éste no era el nombre que le habían dado los Teotihuacanos. Se desconoce el nombre original, siendo Tláloc su nombre en lengua náhuatl. Y sin embargo se cree que la mencionada deidad tuvo en Teotihuacan su punto de origen.

3

De regreso a la capital

DOS SEMANAS MÁS tarde, una amiga me mostró un libro de Laudacio de la Cruz titulado “Teotihuacan, una sinfonía4. En él pude leer:

La Ciudadela constituía una síntesis de los cuatro elementos, y entrañaba algo más. En ella se celebraban determinadas ceremonias públicas. En cada uno de los cuatro pequeños cuadriláteros construidos en cada una de las cuatro murallas, en las noches de ceremonia había un vigilante sosteniendo en lo alto una antorcha, en tanto que en el cuadrilátero del centro oficiaba el sumo sacerdote.

¿Qué espectáculo!

¡Qué escenario!

¡Templo abierto que tenía por techo la bóveda celeste!

¡Maravilloso!

Pero lo era todavía más cuando a una señal los vigilantes apagaban las antorchas y la más densa oscuridad envolvía la multitud de fieles que conmovida esperaba el milagro. Y no en vano esperaba. Aquellos sacerdotes poseían el conocimiento y el poder mágico necesario para proyectar en la extensión requerida la luz astral, para convertir las tinieblas en intensa claridad.

“El sumo sacerdote en la plataforma central haciendo que la noche se iluminará” pensé. “Y el lugar vinculado a los cuatro elementos. Y la ciudad entera dedicada a Quetzalcoatl (agua celeste) y a Tláloc (Agua terrestre). Y el mandala reproduciendo ese ciclo”. Todo parecía encajar. Para mí las kuyas daban continuidad a esa misma tradición de conocimiento. Tláloc no había sido olvidado. Éste tenía, en el mandala, una manera de seguir siendo recordado. Y en cuanto a Quetzalcoatl, tal como había podido atestiguar unos días antes, él también había regresado. Tal vez no en carne y hueso, pero si en espíritu, y su energía estaba ahora entre nosotros.

Cuando alrededor de las nueve de la mañana alcé el mandala desde aquel cuadrilátero central, apenas había un par de nubes blancas en el horizonte. Sin embargo horas más tarde el cielo estaba completamente cubierto, y hacia las cinco de la tarde se puso a llover. Llovió poco pero llovió. Ello sucedía el 8 de junio del 2012, y pocos días más tarde arrancaba por fin la época de lluvias. Se inició tarde, pero por suerte se inició pues aquel año todas las proyecciones apuntaban a que no iba a romperse la sequía.

Con ello no estoy afirmando que al alzar el mandala se alterara el tiempo atmosférico, haciendo que lloviera; y que de no haberlo alzado no hubiera llovido, y la sequía se hubiera prolongado. No pretendo tal cosa, ni mucho menos. Pero si creo que en el Universo todo se rige por sincronicidades, y que la lluvia llegó en sincronía con el alzamiento del mandala aquella mañana del 8 de junio del 2012, desde el cuadrilátero central de la Ciudadela del complejo arqueológico de Teotihuacan.

Al contarle la historia a una amiga, ella me dijo que había una gran estatua de Tláloc al lado del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México y que debía ir a agradecerle la lluvia. Era el lunes 25 de junio, el primer día de las últimas dos semanas en el que recordaba el Sol luciendo de nuevo en el firmamento. Hundí el fardo sagrado en el pequeño estanque que rodea la estatua. Lo hundí en el agua caída en el transcurso de las dos semanas anteriores. El hacedor de la lluvia obtenía así su merecido agradecimiento, mientras que ante su presencia aquel juego de kuyas era de nuevo consagrado.

Mi viaje a México

CON ELLO TAMBIÉN se cumplía el propósito de mi viaje a México. El gobierno regional del Estado de Durango me había invitado para que diera una serie de conferencias sobre mi primer libro «Mastay, la alquimia del reencuentro». El libro no trata directamente el tema de la lluvia, sino que nos habla de cuatro personajes, cada uno simbolizando una civilización y elemento, que se reúnen en un espacio sutil de la consciencia para mantener una conversación. El relato busca el cumplimiento de las profecías que nos hablan de la unión armónica de la humanidad. No será ésta una unión forzada, mediante la cual cedamos nuestra soberanía a un órgano central. Muy al contrario, las profecías nos hablan de un reencuentro, un unirse de nuevo, cuando despertemos colectivamente el centro energético del corazón.

Pero el Gobierno de Durango también me invitó con una doble intencionalidad. Ellos vieron que aparte de ser escritor, también era consultor especializado en temas medioambientales. Economista medioambiental, dice en mi currículum. Pienso que todos los economistas deberíamos ser por definición medioambientales, pues el prefijo griego eco- significa justamente medioambiente, mientras que ‘nomista’ se refiere a su gestión. Y sin embargo, una gran mayoría parece estar practicando la ecomanía.

En todo caso, ellos querían que les ayudara a encontrar soluciones para paliar la grave sequía que estaba afectando a la región. En 22 meses había llovido tan solo 300 milímetros. Mis consejos fueron:

  • Dejar de talar, y reforestar con especies autóctonas, pues los árboles atraen la lluvia, tal cómo ya se explica en el cuarto capítulo de Mastay;
  • Implementar medidas protectoras del medio ambiente, como la substitución de los envases de polietileno por envases biodegradables, para que así la Madre Tierra viera que se estaba deseando cambiar;
  • Llevar a cabo medidas que incrementaran la resiliencia de la población, tipo huertos urbanos, aplicación de los principios de la permacultura, etc.
  • Y finalmente, escuchar a los ancianos del lugar, a los habitantes originales de aquellas tierras y que los invitaran para llevar a cabo una ceremonia que atrajera la lluvia.

Con la idea de ya ir preparando el terreno para la posible ceremonia, el mismo día de mi partida hacia la capital, a finales de abril, fuimos a un lugar llamado «ojo de agua». Constituye el último manantial, lo poco que queda después de 500 años de una tala indiscriminada que se ha llevado todas las nubes. El manantial está rodeado de ahuehuetes, palabra nahuatl que significa “árbol viejo de agua”. Son auténticas cisternas, capaces de almacenar miles de litros para dejarlos ir en época de sequía y así mantener el caudal de los ríos constante. Y sin embargo, a parte de unos pocos ahuehuetes muy ancianos, la zona adyacente a «ojo de agua» está cubierta de eucaliptos, un árbol sediento que hace descender la capa freática, incrementa el peligro de incendios forestales y acidifica el suelo.

Íbamos la Licenciada Pilar Rincón, en representación del gobierno del estado, el Ingeniero Lino Ramirez, profesor en ecología medioambiental en el politécnico, dos buenas amigas de Pina Saucedo y yo. Estaba previsto que dichas ceremonias se llevaran a cabo en dos lugares. Primero en «ojo de agua», dado que los lagos y estanques representan, según la cultura nahuatl, al agua femenina (horizontal – pasiva). Allí teníamos previsto engalardonar el agua para hacerla más atractiva. Después íbamos a ir a la ferrería, el cerro sagrado, para celebrar las ceremonias que atrajeran al agua masculina, y que es la lluvia (vertical – activa). La estrategia era que el agua masculina cayera prendada de lo bonita que habíamos dejado al agua femenina, y que así lloviera para fecundarla.

Lo llaman ferrería, pues con la llegada de los españoles, allí construyeron una forja de hierro. Aquella antigua herrería o ferrería llevó al horno a la mayoría de los árboles del lugar, para así alcanzar las temperaturas que permitieran forjar el hierro. Y sin embargo, en ese mismo lugar aun se pueden contemplar los restos arqueológicos de culturas antiquísimas que habitaron aquellas tierras cuando éstas estaban cubiertas por un manto de árboles.

El día de mi llegada a Durango, allí habíamos celebrado una ceremonia durante la cual se alzó el círculo del Mastay o templo de los cuatro rumbos.

En «ojo de agua» nos encontramos con cuatro chicos huicholes, a los que pedimos si nos podíamos dar la mano en círculo para abrazar a los ahuehuetes.

Entonces nos percatamos cómo el árbol que justo estábamos abrazando tenía una soga de plástico atada a una de sus ramas. Pedimos a los chicos si podían trepar al árbol para extraerla. El acto fue simbólico pero también profético. Las nuevas generaciones de huicholes ―los habitantes originales de aquellas tierras―, trepando al árbol sagrado ―aquel que guarda el agua―, para extraerle una soga de plástico que lo está estrangulando.

Allí estaba la respuesta a lo que necesitábamos hacer para que la lluvia regresara.

¿Quieres saber más sobre las khuyas? Visita http://khuyas.info

O visita el grupo de Facebook en el que se explican: https://www.facebook.com/groups/mastay/

Artículo relacionado: El Oráculo se Pronuncia por Marc Torra, cuenta la primera vez que el círculo del Mastay fue alzado y el oráculo de las khuyas consultado.

 2012, Marc Torra para mastay.info

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Notas a pié

  1. NASA’s Solar Dynamics Observatory. Licencia de Dominio Público.
  2. Publicado por el Fondo de Cultura Económica. Primera edición del 1977.
  3. Fotografía de Toño Hernández (Derek Vinyard). Todos los derechos reservados.
  4. Editorial Orión, México, 1968.
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Este artículo también está disponible en: Francés

Marc Torra
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Marc procede de la comunidad de Urus (que en lengua indoeuropea significa “lugar del que emana el agua”) ubicada en los Pirineos, tierra de cátaros. Una vez licenciado, se fue al extranjero. Ello sucedía en 1995 y desde entonces ha vivido y trabajado un poco en cada continente.

A medida que vivía en otros países, Marc empezó a relacionarse con culturas y formas de pensar distintas, especialmente con aquéllos a los que él llama «gente de tierra». De ellos aprendió una forma diferente de razonar y también descubrió que el futuro del planeta depende de nuestra habilidad para aprender lo que tales culturas pueden aportar.

Como autor, escribe sobre espiritualidad y nuevas tendencias, géneros que cultiva y entremezcla haciendo uso de la narrativa y del ensayo. Diplomado por la tradición Satyananda Yoga, intenta comprender y experimentar por sí mismo, para así crear puentes de unión entre las distintas culturas, las distintas tradiciones espirituales del Mundo, así como un puente hacia el futuro.